lunes, 29 de junio de 2015

“Los Pinos repartieron 200 millones de pesos de la publicidad oficial a los medios afines”



En entrevista con La Jornada Morelos, Wilbert Torre (1968) presenta un nuevo libro: “Intenté reconstruir los episodios desconocidos del despido de Carmen Aristegui, y dediqué mi investigación a responder una pregunta de fondo: ¿cómo transcurre la relación de Peña Nieto con los medios de comunicación?”. Al trasladar el debate a provincia, en opinión de Wilbert Torre: “En los estados se repiten los mismos hábitos perniciosos en torno a la publicidad oficial, es decir: todos los gobernadores ven en la publicidad oficial un enorme instrumento de recursos para inducir la narrativa oficial en los medios de comunicación, para incluir fotografías, para censurar reportajes que no convienen a los intereses gubernamentales, esto explica que los mensajes del presidente o de los gobernadores aparecen mágicamente con las mismas palabras en los titulares de los medios de comunicación, como si hubiera telepatía periodística”. El Despido (Planeta, 2015) está a la venta en todas las librerías de México desde la primera semana de junio.
LJM.- Wilbert, dos entrevistas publicadas por “Gatopardo” terminaron en dos libros –escritos por Laura Castellanos y Emiliano Ruiz Parra-, pero en “El Despido” sólo citas algunos párrafos de tu conversación con Aristegui, ¿por qué la entrevista fue un detonador de tu nuevo libro, pero no la incorporaste de forma completa?

WT.- Retomé varios fragmentos de mi entrevista a Carmen Aristegui porque siempre he tenido un interés particular en los perfiles, la construcción de un perfil te permite descubrir rasgos de la personalidad, hábitos y manías, que usualmente están escondidos y que son piezas fundamentales para entender la vida de una persona y comprender lo que hace. En el caso del reportaje de “Gatopardo” era importante conocer más a fondo la dinámica, la mística y la metodología de trabajo de Carmen Aristegui, para poder hablar sobre la artesanía de su periodismo radiofónico, para ella es importante investigar algunas cosas que en el país no se investigan. Quería presentar cómo comenzó Aristegui en el oficio periodístico y cómo fue evolucionando en su carrera; por eso me interesaba la entrevista, no como una pieza declarativa, sino como un puente que me permitiera una amplia inmersión en el personaje, para dar a conocer al lector: ¿quién es Carmen Aristegui detrás de los micrófonos?

No inserté la entrevista completa porque no lo creí necesario, retomé ciertas frases de Aristegui que le iban bien al libro, los fragmentos que contribuían a construir la narrativa que yo quería, en dos vías –de forma bilateral-, intenté reconstruir los episodios desconocidos del despido de Carmen Aristegui, y dediqué mi investigación a responder una pregunta de fondo: ¿cómo transcurre la relación de Peña Nieto con los medios de comunicación? Tomé ciertas partes de la entrevista con Aristegui, por ejemplo, cuando ella señala los mares de dinero que conforman la publicidad oficial no regulada del gobierno, este punto sigue siendo un elemento distorsionador de la democracia y de la libertad de prensa en México, los 200 millones de pesos anuales divididos en el cuarto oscuro de Los Pinos determinan qué medios reciben esta publicidad, usualmente son los medios afines al gobierno.

LJM.- “Gatopardo” reimprimió tu exclusiva con Aristegui porque se agotó el tiraje después del despido de MVS, tú dices que se trató de “un golpe de suerte”, pero tu libro demuestra lo contrario, es resultado de años trabajando en la prensa; llamó mi atención un detalle: Daniel Lizárraga fue tu compañero en “Reforma”, ¿fue fácil redactar una historia que era familiar para ti?

WT.- Me interesa llegar a una dimensión profunda del personaje que estoy perfilando, a veces puedes conocer al personaje como realmente es, al ganarte su confianza y hacerle preguntas que en otro tipo de circunstancias no podrías. En el caso de Aristegui no era posible porque no había tiempo, yo quería que el libro saliera antes de la elección del 7 de junio, para detenernos a reflexionar sobre un punto tan complejo como la relación: prensa y Estado. El proceso de escritura fue radicalmente distinto a otros libros que he publicado, aquí se trataba de tomar como venía una “bola rápida”, el trabajo de reportaje duró 37 días, conversé con todos los personajes que aparecen en mi libro, y con otros que pidieron el anonimato, fue determinante que ya venía conversando con el equipo de Aristegui, cuando ocurrió el despido estaba en contacto con la Unidad de Investigación del programa de Aristegui, antes del despido ya tenía en la cabeza escribir un libro. La escritura fue vertiginosa, a diario, por las mañanas o por las tardes agendaba las citas con los personajes que me interesaba entrevistar, y por las noches me dedicaba a escribir al libro.

LJM.- Sin ser una biografía de Aristegui, presentas varios apuntes para entender al personaje, ¿qué representa el Código de ética impulsado por Javier Solórzano y Carmen Aristegui?

WT.- Si escuchas hablar a Carmen Aristegui sobre el Código de ética que le otorgaba independencia y libertad editorial en MVS, los radioescuchas deben saber que Aristegui y Javier Solórzano comenzaron a discutir a profundidad la construcción de un Código de ética hace 20 años, justo cuando fueron despedidos de Imevisión (canal 13), era importante arrojar luz para que el público comprenda que la independencia de un periodista sí es posible trabajando para una empresa privada, contando con la voluntad de los concesionarios para comprometerse con un periodista crítico, pero en el caso del Estado depende de su voluntad para respetar la libertad de expresión. Quería presentar el recorrido de Aristegui desde hace 20 años, en un país con vestigios de autoritarismo, de censura y autocensura, cómo fue posible la construcción de un “blindaje” para su trabajo periodístico.

LJM.- ¿Conoces otras experiencias de un Código de ética firmado entre el periodista y el dueño del medio de comunicación?

WT.-Uno puede pensar que en el México contemporáneo es prácticamente imposible otorgarle libertad editorial a un periodista mediante un documento suscrito por las dos partes; pero esto sí es posible, Javier Solórzano y Carmen Aristegui firmaron un Código de ética con MVS y Grupo Imagen, siguieron el modelo de códigos de algunos países de Europa, el Código de ética es el mismo que firmaron con Televisa para transmitir el programa “Círculo rojo”, Emilio Azcárraga aceptó el Código de ética para garantizar la libertad editorial, después Carmen partió a W Radio hasta que la despidieron, finalmente regresó a MVS y renovaron la firma del Código de ética, los concesionarios han incumplido con el contrato, pero durante 6 años Aristegui ejerció un periodismo independiente y crítico en MVS amparada en el Código de ética.

LJM.- Tu libro describe los detalles detrás de la noticia, a veces no trasciende el nombre del autor de los reportajes, pero tú muestras las historias de sudor y lágrimas que hay en cada exclusiva, pienso en “La Casa Blanca” y en las ejecuciones extrajudiciales de Apatzingán, ¿está subvalorado el papel del periodismo de investigación y el respeto a la autoría de cada reportaje?

WT.- En México el periodismo de investigación está muy limitado porque a los propietarios de los medios no les interesa, ya sea porque tienen demasiados intereses alrededor, o les parece más fácil llenar a un medio de declaraciones. Un reportero tiene que entregar 5 o 6 notas al día, evidentemente no tiene tiempo suficiente para hacer una publicación, es humanamente imposible, me parece importante explicarle a los lectores que en otros países el periodismo de investigación forma parte indivisible de las redacciones, hay equipos para investigar; pero en México prácticamente no existe, se reduce a las filtraciones, los documentos que salen de una parte interesada para perjudicar a otra parte en conflicto, estamos hablando de una falta de compromiso de los propietarios y directivos de los medios para hacer buen periodismo –no superficial-, que aporte algo a los lectores, la sociedad exige a los medios que sean más transparentes y democráticos, no un coro fácil de adulación para el gobierno.

LJM.- En “El Despido” leí un equilibrio de voces, ¿por qué entrevistaste a Lorenzo Meyer, Raúl Trejo y Rogelio Hernández?, ¿por qué era necesario consultar al mundo académico?

WT.- Tenía que ser muy cuidadoso en la escritura y construcción del libro, puedo tener mi ideología, pero no puedo recurrir a calificativos y adjetivaciones que distorsionan una realidad, yo intenté en mi libro: No calificar, no mentir y no juzgar. Yo no iba a decir –textualmente- que el presidente ha establecido a partir de la propaganda oficial una alianza con los medios afines al gobierno, en cambio preferí mostrar varios episodios que le permitieran al lector ver esta realidad, por ejemplo: la cercanía que hay entre los periodistas de la fuente de Los Pinos y cómo cruzan la delgada línea al pedir favores al Estado Mayor Presidencial.

LJM.- ¿Haces referencia a la fiesta de los periodistas en el Casino Militar?

WT.- Claro, era una forma de mostrar la turbia relación de la prensa con el Estado, fui cuidadoso de no transmitir mis juicios, porque no se trataba que el libro fuera una declaratoria. Justamente para encontrar equilibrios busqué a los académicos que mencionas, para tener argumentos de gente respetada que ha estudiado el papel de los medios independientes y la lógica de poder de Peña Nieto.

LJM.- En el avión presidencial, Peña Nieto admitió: “No entiendo el conflicto de interés envuelto en la compra-venta de La Casa Blanca”, Peña pidió a los periodistas que no grabaran esta conversación “off the record”, ¿los colegas acostumbran “firmar” pactos de silencio con Los Pinos?

WT.- La construcción de un periodismo crítico requiere de un esfuerzo descomunal, una parte es la independencia que un periodista tiene con su fuente, no estoy hablando de que el periodista debe estar peleado con la fuente, pero si cubres presidencia debes crear cierta cercanía con la institución, el problema es que en México esa línea es muy delgada y casi siempre acaba por romperse, entonces el periodista no observa las cosas con distancia, el periodista se convierte en un cómplice del poder, este es un punto básico para hacer un periodismo independiente. El pacto de silencio en el avión presidencial no es una anécdota es un patrón de conducta, los periodistas tenían la oportunidad de presentarle al lector lo que el presidente piensa sobre la compra-venta de “La Casa Blanca”, pero decidieron no publicar esa información.

LJM.- El Estado de Morelos sigue el modelo de publicidad de Peña Nieto, Graco Ramírez no gasta ni un peso en “La Jornada Morelos”, destinan el presupuesto estatal a los medios oficialistas, ¿has estudiado algún caso de provincia?, ¿escribirás sobre los gastos de publicidad, los despidos de colegas y los asesinatos de periodistas en provincia?

WT.- Por la prisa de terminar el libro en junio, son temas que no pude abordar, tenía que concentrarme en el gobierno de Peña Nieto y su trato con la prensa. Pienso que en los estados se repiten los mismos hábitos perniciosos en torno a la publicidad oficial, es decir: todos los gobernadores ven en la publicidad oficial un enorme instrumento de recursos para inducir la narrativa oficial en los medios de comunicación, para incluir fotografías, para censurar reportajes que no convienen a los intereses gubernamentales, esto explica que los mensajes del presidente o de los gobernadores aparecen mágicamente con las mismas palabras en los titulares de los medios de comunicación, como si hubiera telepatía periodística.

LJM.- ¿Publicarás la segunda edición corregida y aumentada de “El Despido” con el resultado de los amparos judiciales?

WT.- No sé, depende de lo que conversaré con la editorial. Todavía no lo hemos decidido.

LJM.- Finalmente, el día que comenzaron los despidos de MVS, Sebastián Barragán recibió, en nombre del equipo de investigación de Aristegui, el Premio Nacional de Periodismo, ¿qué significado tienen los premios para la solidaridad gremial?, ¿por qué tú respaldas el Premio Nuevas Plumas 2015?

WT.- El Premio Nuevas Plumas fue fundado por el periodista chileno Juan Pablo Meneses, para comenzar, Juan Pablo es un gran cronista que lleva muchos años dedicado a historias de largo aliento. En México, el Premio Nacional de Periodismo era una especie de regalo que el presidente en turno entregaba en función de la relación de los medios con el gobierno, eran unos premios que venían con el pecado original, respaldados por Los Pinos. El valor de los premios independientes, como el Premio Nuevas Plumas, está en quién lo otorga –no por un gobierno, ni por un poder-, y en quién lo funda: un periodista independiente con un respaldo narrativo y apoyado por una serie de revistas y universidades. En México es necesario y urgente alentar a las nuevas generaciones de periodistas de investigación, para contar historias bien escritas, por estas razones acepté ser juez del Premio Nuevas Plumas 2015; estoy promoviendo el premio en las universidades y en las instituciones periodísticas (públicas y privadas), y en distintos sectores de la sociedad.

Fuente: http://www.jornadamorelos.com/site/noticias/cultura/wilbert-torre-en-exclusiva

PRIAN: agenda gringa




La agenda económica, de seguridad y migratoria pactada por el Ejecutivo con beneplácito oligárquico y adoptada por el PRIAN para el segundo tramo del sexenio, es la dictada por Washington. La adhesión de Los Pinos al ultra-secreto Acuerdo Trans/Pacífico del que hasta ahora se conocen ominosos detalles gracias a algunas fugas es de un sometimiento tan desleal al interés público nacional, como su adhesión a la guía policial-militar del Departamento de Defensa (DdD) a través del comando norte, de la Iniciativa Mérida en el combate al crimen organizado y a la tutoría del Departamento de Seguridad del Interior (DHS, en inglés) sobre migración y manejo fronterizo. Después del alud de reformas estructurales y de contar con una mayoría adosada con el Partido Verde y el Panal, no han desaparecido ni el dinosaurio ni el elefante que, según el finado ex primer ministro Pierre Trudeau, yace entre México y Canadá.

En materia migratoria ¿estamos realmente, como dice Amnistía Internacional, en presencia de una falla generalizada de voluntad de las autoridades mexicanas para investigar hechos violentos y de violación de derechos humanos cometidos contra migrantes, principalmente centroamericanos en su paso a Estados Unidos (EU) o, dado lo sistemático de dicha falla, de una política deliberada que transforma al país en tapón migratorio; en territorio extremadamente peligroso para personas en tránsito, con su secuela de ejecuciones extra-judiciales, desapariciones forzadas, fosas comunes, extorsiones, violaciones y todo tipo de ataques contra migrantes, con autoridades federales y estatales más ansiosas por expulsar gente que por salvar vidas? (La Jornada 19/6/15 p.7) Más que anómalas las omisiones en la indagación de hechos violentos y el aumento de tales ataques serían parte de la rutina: entre 2013 y 2014 el secuestro de migrantes se multiplicó por 10, pasó de 62 denuncias en 2013 a 682 en 2014 cifra que podría aumentar en el presente año (ibid).

Fue la alarma de Felipe Calderón ante la propuesta de AMLO de restablecer el servicio de pasajeros por ferrocarril lo que visibilizó lo del tapón migratorio. En un debate presidencial, Calderón se opuso porque agilizaría el tránsito de personas al norte, evidenciando, de paso, su apego a la agenda de seguridad de EU en México, que además de criminalizar la migración forzada, fue retomada por el peñismo al prohibir viajar en el techo del tren de carga (la bestia) parte del plan Frontera Sur que recrudece persecución y maltrato contra migrantes haciendo más mortífero y riesgoso el viaje hacia EU. La subordinación de Calderón y Peña a la política militar de EU, endosando la participación mexicana en operaciones de mantenimiento de paz, fue un boleto de peso en la ruta de ambos a Los Pinos concitando el apoyo del aparato de seguridad civil y militar de EU. Así se infiere, en el caso de Calderón, del cable del embajador Garza al Departamento de Estado sobre el contexto electoral con motivo de la visita de Donal Rumsfeld en abril de 2006 (06MEXICO1889 Wikileaks/La Jornada): “dos de los tres candidatos … continuarían con la resistencia mexicana a enviar tropa al extranjero. Si el PAN regresa (al poder) presionará a favor de mayor papel militar en el extranjero”.

Con este boleto en el bolsillo, apenas llegó a Los Pinos el panista decidió tanto lanzar la guerra al narco, desatando una tragedia humana de enorme calado, como dar entrada a tropa y equipo militar de EU en puertos, aguas territoriales y fondeaderos, aeropuertos y puntos clave del territorio, a la instalación de bases: trató de abrogar la Ley para Conservar la Neutralidad del País (Ley de Neutralidad) promulgada por Lázaro Cárdenas en noviembre de 1939 (El Universal, 20/4/07). Se trata de un diseño de seguridad del que Michel Chossudovsky ha ofrecido detalles: conocido como integración profunda de América del Norte es un diseño post-westfeliano impulsado por el Foreign Relations Council, alto cabildo empresarial-bancario y del aparato de seguridad planteado en 2006 en una junta secreta realizada en Banff, Alberta. Trátase de un desborde castrense de EU que deroga, mediante la desnacionalización de los instrumentos para el ejercicio de la violencia legítima, la jurisdicción de los Estados-nación mexicano y canadiense que, de paso, aniquila la noción westfeliana de igualdad jurídica de los estados a favor de EU (LJ,26/4/06).

EU no quita el dedo del renglón: en 2015 la intentona para anular la Ley de Neutralidad la protagoniza el PRI que recién presentó una iniciativa para abrogar esa ley (LJ/15/6/15/p.7). Goebbelianos que son, los mándamases prianistas olvidan lo que el general Roberto Badillo, ex secretario de la Comisión de Defensa, y el diputado Carlos Rojas argumentaron en 2007: que México estaría arriesgando vidas en conflictos que no nos atañen y que al derogar esta ley (se) nos coloca en un plano a disposición de la ONU y del país más poderoso que es EU.

Blog del autor: jsaxef.blogspot.com

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/06/25/opinion/026a1eco

Morena, la última esperanza de México



Cuentan los libros de historia que Porfirio Díaz era un encanto para amansar gente: “perro con hueso en el hocico ni muerde ni ladra”, dicen que decía. Hoy, los herederos de Don Porfirio, mañosos en el arte de engañar, expertos en la compra de consciencias, cada vez quedan más al descubierto. Las limosnas no duran toda una vida, tarde o temprano se acaban. Al pueblo no lo podrán engañar por siempre.
México, país que tiene de todo pero que al mismo tiempo lo atracan por todos los ángulos, cuenta con una poderosa mafia que envilece la política y que encima de envilecerla esperan que el pueblo sea quien pague los platos que ellos rompen.

Cuando Andrés Manuel López Obrador (AMLO), junto a Morena, llegue al poder la reacción de los oligarcas no será pacífica. Las propuestas de Morena serán vistas como una declaración de guerra por la mafia del poder. Querrán desatar la violencia porque no habrá criminal de cuello blanco en la cárcel solo para apantallar y engañar bobos, sino que serán muchos quienes sean juzgados. Al ver en peligro sus intereses, los altos funcionarios y gobernantes corruptos querrán intimidar por medio de la violencia como suelen hacer. Esto ocurrirá por la sencilla razón de que AMLO propone cortar de golpe a aquellos quienes se roban un buen pedazo del presupuesto nacional.

En Morena luchamos por la vía pacífica para evitar más derramamiento de sangre. Nos preparamos para la cuarta transformación, sin violencia de nuestra parte. Creemos que ya ha sido suficiente violencia. Sin embargo, debemos dejar en claro que nuestro partido-movimiento es pacífico mas no dejado. Ni mucho menos ingenuo.

AMLO, siendo un hombre más de principios que de ideologías, nos enseña que no hay nada más bello que servir al más necesitado; nos enseña que Morena debe ser un referente ético (no robar, no mentir, no traicionar). Y basta ver el inicio de Morena como partido “oficial” para distinguir las muchas cosas que le hacen sobresalir por encima de todos los demás. De diez partidos políticos que hay actualmente en México, Morena es el único partido que es independiente de la mafia del poder. Morena, a diferencia de los otros nueve, cuenta con la mayoría de militantes por convicción. Morena, a diferencia de los demás, es ya un referente ético y cuenta con líderes moralmente superiores a los políticos tradicionales. En fin, para sus militantes, Morena es un modo de vida.

En conclusión, más allá de ser la esperanza de México, Morena es más bien, retomando palabras de Eduardo del Río “Rius", la última esperanza.

Nota: Los candidatos “independientes” merecen ser observados muy de cerca. Candidato “independiente” que no encare al sistema político decadente y que no haga mención sobre la necesidad de cambiarlo de raíz, hay que sospechar de él/ella.

martes, 23 de junio de 2015

Voto Nulo Un argumento extrapolítico




Pues bueno, a dos semanas de las elecciones en México, pareciera comprobarse a posteriori la ineficacia política y extrapolítica del voto nulo. La intención de esta breve columna tiene justamente por objetivo valorar un par de argumentos técnicos —y ofrecer a su vez uno breve— sobre la viabilidad política de esta forma del voto. Es decir, no por supuesto sobre su legitimidad política —indiscutible e inalienable para quien bajo reflexiones éticas o reflexiones políticas se haya departido por anular—, sino sobre su viabilidad política entendida como eficacia, sobre la certidumbre que a la ciudadanía brinda anular si lo que se quiere es castigar realmente a la partitocracia y empoderar a la sociedad civil como más o menos arguyen sus impulsores.
Bien, resultado de esta inquietud decidí lanzarme a la búsqueda de respuestas en Internet y pude por fortuna encontrar algo de información valiosa. Encontré al menos dos argumentos a los que valdría la pena considerar si lo que buscamos es una evaluación más amplia sobre el comportamiento del voto nulo y si no nos sentimos satisfechos con lo que hasta el momento se ha dicho sobre su efectividad. Tomando entonces esos argumentos fui construyendo una sencilla argumentación y una serie de preguntas en relación a este tipo de voto con el propósito de no limitar el análisis a factores políticos. Lo que voy a hacer es prácticamente ofrecer algunos argumentos técnicos muy simples explicando por qué en general resulta difícil determinar a priori si el voto nulo serviría a propósitos políticos o electorales definidos y por qué creer en su eficacia demandaría de nosotros

a) O de mucha fe política,

b) O del conocimiento de otras de las variables involucradas en el evento electoral en cuestión,

c) De un presupuesto tan alto y una campaña publicitaria tan exitosa como para inclusive garantizarnos una buena pelea frente a las costosas campañas de algunos de los partidos políticos mejor patrocinados para, así, atraer algunos de sus adeptos,

d) De una tan elevada consciencia política que sin necesidad de financiamiento ni sin grandes convocatorias la ciudadanía se convencería por sí sola del poder de anular,

e) Otros escenarios.

A continuación los argumentos.

ARGUMENTO 1. Este argumento parte de una brevísima columna de opinión publicada en el diario El Universal la semana pasada y fue proporcionado por uno de los miembros del Movimiento Anulista a través de su cuenta Twitter; vale mencionar que cuando se proporcionaba se advirtió al mismo tiempo cuáles serían los límites de esta modesta columna (“para alimentar debate”) y que no fue dado con la pretensión de zanjar aquí la cuestión. ¿Qué nos ofrece este análisis? Básicamente no hay ningún dato de peso en la columna que refuerce las opiniones de la expositora. Todo lo que se nos ofrece es evidencia anecdótica. Y es importante recordarlo: los ejemplos aislados no constituyen información concluyente en ningún análisis estadístico y menos en un evento aleatorio de este tipo. A veces ni el propio votante sabe con claridad por qué partido va a departirse sino hasta el momento mismo de la elección y puede incluso decidir su voto el mismo día de la jornada electoral. Hay una importante componente subjetiva en el ejercicio del voto y de allí que atribuir preferencias a los anulistas resulte ser un acto poco más que ocioso. Necesitaríamos conocer cómo se distribuyen los votos nulos entre los distintos partidos (de ser efectivamente emitidos) y esto demandaría conocer los datos de toda la elección e inclusive datos de elecciones pasadas a través de muestras aleatorias tomadas de la población electoral en su conjunto —y por tanto, muestras representativas—, dado que la población electoral constituye en sí un sistema social altamente heterogéneo, y entonces, ahora sí, establecer con menor certidumbre —si es que una cosa tal es posible— si los anulistas son votantes desilusionados o ciudadanos apartidistas. En general, resulta aventurado hacer conjeturas sobre los votos anulados sin fiabilidad estadística. Por ejemplo, ¿por qué suponer que los votos ganados por los partidos pequeños son votos finalmente no anulados? O más específicamente, ¿por qué suponer que los votos anulados habrían de ser incontestablemente votos para el PRI? De antemano nadie sabe entre quiénes se repartirán. Para inferir lo que allí se infiere se necesitan más datos. La coincidencia aludida resulta ser para todo fin práctico insuficiente. Si acaso podría inferirse que en las circunscripciones de alto voto nulo citadas en el texto (y solamente en esas) hay menos simpatía por el PRI entre los votantes que por el resto de partidos. Y esos otros partidos pueden ser: PAN, PRD, PT, MORENA, PVEM, Movimiento Ciudadano o podría simplemente tratarse de una postura apartidista acendrada, no necesariamente benefactora de los partidos pequeños.

Resulta por otro lado llamativo que se cite a Movimiento Ciudadano a favor del voto nulo cuando es evidentemente un argumento débil. Si en una entidad de bajo voto nulo Movimiento Ciudadano logró atraer el voto de los anulistas, como parece sugerir la escritora de la columna, ¿no debería más bien considerarse este hecho un triunfo de Movimiento Ciudadano que del movimiento anulista? Correlación no es causalidad. En la columna nunca se explica esto ni de hecho ha quedado suficientemente aclarado por los representantes del voto nulo hasta el momento. Su argumentación al respecto está basada solamente en probabilidades discursivas pero no se ha ofrecido hasta el momento ningún argumento de peso. Y creo que esto ha sido así sencillamente porque no hay cómo explicarlo: estamos ante un evento estocástico de muy alta complejidad probabilística y de inclusive absoluta incertidumbre debido a la importante componente subjetiva implicada en el evento, como se comentó líneas arriba. En resumen, es difícil saber en una elección si el voto nulo servirá a nuestros propósitos con una cantidad de datos tan pequeña. Por lo demás, la ambigüedad de la columnista hace de por sí difícil analizar su comentario.

Así, más allá de la legitimidad política del voto nulo, hasta el momento ignoramos cómo este voto lastimaría al sistema de partidos además de lastimar potencialmente al PRI. En realidad, puede lastimar potencialmente a cualquier partido y de allí que haga peligrar especialmente a los partidos pequeños, quienes evidentemente cuentan con menos recursos financieros y experiencia política para atraer a los votantes. No es gratuito que el Partido del Trabajo haya perdido su registro en esta elección, por ejemplo. Desde mi perspectiva, el voto nulo fortalece al sistema de partidos de la misma manera en que lo hace el voto efectivo. O dicho de otra manera, no existe evidencia estadística concluyente que irrefutablemente apoyara el argumento contrario.

ARGUMENTO 2.   Mientras terminaba de teclear el argumento 1 esta mañana encontré por fortuna un análisis del economista mexicano Javier Aparicio en el que explica con una sencilla ecuación aritmética por qué el voto nulo no solamente no castigaría a los partidos políticos sino que de hecho los favorecería. Solamente que a diferencia del breve análisis del argumento 1, en el que tomo únicamente los datos de la columna citada, él además incorpora a su análisis (bastante más amplio) la manera en que de hecho los votos nulos son contabilizados después de la elección de acuerdo a la última reforma a la ley electoral (2014) y concluye por tanto que los partidos pequeños se verían en realidad beneficiados con esta nueva reforma. Textualmente en su breve análisis afirma: «Los votos nulos, al igual que el abstencionismo, ayudan a que los partidos políticos mantengan su registro» y párrafos más adelante: «Y también ayuda a que los partidos pequeños mantengan su registro, sus prerrogativas y sus curules». A mí sin embargo su último argumento no termina de convencerme del todo pues creo que está subestimando aquel comportamiento poco predecible expresado necesariamente en la voluntad del elector el día de la elección y cuya última decisión (se esperaría) sería sensible al arsenal disuasivo de los partidos políticos —dependiente en alguna medida de los recursos del partido en cuestión y de su consolidación política— y cuyo impacto en la voluntad del votante debería poder ser representado de alguna manera en nuestros cálculos para determinar si esto afectaría o no afectaría a los partidos pequeños (y puesto que se restan de la Suma total de votos válidos los votos nulos). En mi opinión, inclusive con independencia de la indecisión del votante y de si decide, o no, el mismo día de la elección por uno u otro partido, creo que debe reconocerse que los partidos grandes cuentan con más recursos (económicos, en prensa, en publicidad, en trayectoria) para atraer en general a más votantes, lo que, desde mi perspectiva, hace de todos modos peligrar a los partidos pequeños, tal y como peligraban con la ley anterior. Y lo que además, habría que sumar este otro factor indecisión del votante indeciso —comentado en el argumento 1— y estudiar su relación con los recursos de los partidos. En general, habría que considerar con más cuidado si los partidos pequeños son realmente beneficiados con esta nueva ley.

Creo por todo esto, que el voto nulo no solo es un voto ineficaz, es un voto ingenuo cuando no inútil. Un voto naïve. ¿Por qué la ley electoral pone a disposición de la ciudadanía un instrumento claramente limitado para castigar al sistema de partidos? ¿No este mecanismo abre las puertas a un ejercicio de representatividad ciudadana asimétrico para quienes no cuentan con medios políticos para la resistencia?

Querría finalmente preguntar al Movimiento Anulista y a sus principales impulsores si otra vez la ciudadanía habremos de quedarnos sin respuestas convincentes acerca de la eficacia, no ya solamente política sino extrapolítca del voto nulo, o si, como en otras ocasiones, el movimiento nació (previo a las elecciones) con un tenaz respaldo mediático y disuasivo solo para morir, después, calladamente, lanzándolo con su sordina a las tierras del olvido político, para hacer de este asunto otro de los tantos temas de coyuntura a los que la historia mexicana contemporánea parecería estar condenada sin derecho al registro, a la memoria, a la duda o al escepticismo. ¿Habrá respuestas?



Notas.

[1] En este enlace puede leerse un estudio realizado por el Partido Acción Nacional sobre el comportamiento del voto nulo en las elecciones federales 2012. Cito textualmente las conclusiones del estudio: «En el estudio encontramos una posible relación negativa entre voto nulo y GPE, lo que significaría que a menor nivel educativo en los distritos hay un mayor voto nulo». A lo largo del texto se define GPE como Grado Promedio de Escolaridad (https://www.pan.org.mx/wp-content/uploads/downloads/2013/08/Documento_429.pdf).

[2] No querría obviar que tanto en el ITAM como en El Colegio de México (de donde egresan los principales promotores de este movimiento) hay una importante comunidad de egresados de matemática y matemática aplicada (con un excelente cuerpo académico, creo entender) quienes junto a Javier Aparicio podrían brindarnos de algún análisis más completo sobre esta cuestión. Es decir, el movimiento anulista podría solicitar un estudio así inclusive como un ejercicio de sana autocrítica ante su propia propuesta.

[3] La columna del argumento 1 se intitula «Falacias sobre el voto nulo e independientes» y puede consultarse directamente ingresando a la página del diario mexicano El Universal.

[4] Es una lástima haber encontrado tan tarde la nota de Javier Aparicio, alojada en su blog personal, javieraparicio.net, en donde se presentan toda una serie de miniartículos muy interesantes escritos por el economista, a lo largo de al menos un mes —sobre el voto nulo— previo a las elecciones. Vale la pena echarles un ojo.

¿Despertó México?


¿Cómo interpretar los resultados de las elecciones del 7 de junio de 2015? Los hechos se prestan a interpretaciones distintas e, incluso, contradictorias. Nosotros los entendemos como un momento de legitimación en el contexto de un régimen autoritario en el cual la democracia se ha vuelto un recurso retórico vaciado de todo contenido. Al igual que en otras ocasiones, las elecciones se llevaron a cabo en un ambiente caracterizado por innumerables hechos ilegales y criminales, por coacciones y chantajes, por el despliegue de un aparato propagandístico abrumador en el cual los medios de comunicación masivos volvieron a jugar un papel nefasto. En esta ocasión hubo un ingrediente más: las circunstancias de gravedad extrema que describimos en las páginas anteriores, mismas que forzaron al partido dominante y a sus cómplices a actuar como si no se tratara de las tradicionales e insignificantes elecciones intermedias, sino de elecciones presidenciales o, incluso, de una suerte de plebiscito sobre la salud y la viabilidad del sistema político mexicano. A pesar de que el balance no favorece al movimiento social, tampoco es -ni de lejos- una victoria del oficialismo.
El domingo 7 del pueblo mexicano

Tlatlaya, Iguala, Apatzingán, Tanhuato… la caída de los precios del petróleo, el brutal recorte presupuestario, el fracaso de la reforma educativa, los escándalos de corrupción, la economía criminal, la militarización creciente, el desprestigio internacional, la carestía… Todo esto representaba una carga excesiva para el gobierno y por ello las elecciones implicaron una apuesta enorme: Peña necesitaba desesperadamente salir bien librado de ellas para concentrarse en la difícil segunda mitad de su sexenio, mismo que –no hace falta ser profetas para pronosticarlo- seguirá marcado por el descontento de una población cada vez más harta, numerosa y demandante.

Al conocerse los resultados preliminares, el presidente y sus personeros celebraron inmediatamente la “supuesta revitalización de la democracia”, así como “la modernización del sistema de partidos”. A la postre, el desenlace no fue el que él esperaba ya que su partido sólo logró ser la minoría más grande con el 29.17%, porcentaje histórico para el PRI pues es la primera vez que su votación descendió por abajo del 30.0% y también sensiblemente menor al que obtuvo en 2012. Al PAN, con el 21.03%, tampoco le fue bien, pero el más castigado de los tres partidos que integraron el Pacto por México fue el PRD que, de plano, se colapsó con el 10.82%.[1]

Es verdad que la votación lograda por el PRI y sus aliados -el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza (Panal)- le permiten lograr, aunque con un margen muy estrecho, la mayoría absoluta con unos 260 diputados sobre un total de 500. Además, tiene de reserva a un PAN dependiente -ahora más que nunca- de las dádivas del gobierno. Sin embargo, perdió las gubernaturas de Nuevo León, Querétaro, Baja California y Michoacán; estuvo a punto de perder la de Colima, conservó la de San Luis Potosí, pero perdió alcaldes y diputados en el estado, aunque al mismo tiempo conservó la de Campeche y recuperó las de Sonora y Guerrero. En el rubro de las alcaldías importantes, las pérdidas fueron considerables pues incluyen a Guadalajara, Morelia, Zapopán, Celaya y León. Como lo admitió el mismo presidente del partido, César Camacho: “hubo claroscuros” (para el PRI).[2]

Uno de esos claroscuros es la farsa que armó el (todavía) titular de la Secretaria de Educación Pública, Emilio Chuayffet Chemor, en torno a la evaluación docente que oportunistamente “suspendió” días antes del 7 de junio, salvo reanudarla la semana sucesiva, mientras Peña Nieto declaraba, desde Italia, que la reforma educativa es la “de mayor calado” de su gestión. [3] Como sea, el presidente más cuestionado de la historia reciente se prepara a concluir su tarea: poner en marcha las llamadas “reformas estructurales” y -cueste lo que cueste- imponer a su sucesor para cubrirse las espaldas, después de los terribles hechos acontecidos en el primer tramo de su mandato.

La democracia de los ricos

La democracia electorera cuesta caro. En esta ocasión, fueron unos 22 mil millones de pesos a cargo del erario público, lo cual implica que fueron los comicios intermedios más caros de la historia de México, aún sin incluir otros miles de millones todavía no contabilizados provenientes de financiamiento privado.[4] Al INE se le destinó la abrumadora mayoría de tales recursos (casi 19 mil millones), los cuales se distribuyeron entre los partidos “registrados” y los gastos administrativos, incluido un escandaloso medio millón de pesos mensuales a su presidente y un monto cercano a los demás consejeros.

El papel desempeñado por el INE fue aun más vergonzoso que en ocasiones anteriores. Aún sin mencionar la lluvia de spots publicitarios y el triste comportamiento de su presidente, Lorenzo Córdova, típico funcionario soberbio, grosero y torpe actuando como títere de Los Pinos. Recordemos, como un ejemplo ente muchos, su actitud pusilánime ante el escandaloso dispendio incontrolado de dinero en propaganda del Partido Verde, o sus “técnicos” en computación que presentaron cómputos de votos que… ¡rebasaban el 100% de las casillas!

Locutores, reporteros, cronistas, los eternos intelectuales orgánicos dentro y fuera de la academia, artistas del espectáculo y hasta el técnico entrenador de la selección nacional de fútbol participaron en una avalancha de propaganda convocando a la gente a votar y a declararse tajantemente contra el anulismo y el boicot. El sistema de los partidos exigía mantener su tinglado electoral y no dudó en recurrir a las amenazas y a tácticas de amedrentamiento. Resultado: por primera vez logró reducir unos puntos el abstencionismo siempre por arriba del 60%.

Fue así como culminó un proceso electoral caracterizado por un clima de tensiones y conflictos que incluyeron los asesinatos de 3 candidatos a diferentes puestos, un precandidato, un coordinador delegacional del DF y un estudiante de Tlapa, Guerrero. Hubo, asimismo, bombazos contra instalaciones electorales, peleas físicas entre diferentes militantes de partidos e incluso entre militantes de un mismo partido, amenazas directas contra políticos y aspirantes a ocupar puestos de elección popular en diversos estados: Tamaulipas, Jalisco, Veracruz, Michoacán, Estado de México, Guerrero y Oaxaca.

Estos dos últimos estados fueron ocupados militarmente con el objetivo de reprimir e impedir que el boicot promovido por los profesores de la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) y la CETEG (Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero) prosperara masivamente. Según el jurista y ex procurador de la república Diego Valadés, las autoridades dejaron de utilizar los instrumentos institucionales y suspendieron las garantías constitucionales de facto, aun cuando nunca lo dijeron explícitamente.[5]

Hay que destacar la acción militante de numerosos activistas y agrupamientos que defendieron en todo México una posición independiente y revolucionaria promoviendo el boicot electoral, bajo diversas modalidades según la relación de fuerzas concreta en sus localidades, como una expresión de oposición y protesta. Especialmente significativas fueron, como de costumbre, las acciones mencionadas de los profesores democráticos en Oaxaca y Guerrero, así como las de los familiares de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Su actitud fue ejemplar y representa el embrión de un combate decisivo que apenas comienza.

En el mismo sentido marcha la CNTE la tendencia opositora que agrupa a cientos de miles de maestros dentro del gigantesco SNTE (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación) con su millón y medio de miembros. En su Asamblea general realizada inmediatamente después de las elecciones, decidió “emprender una oleada de protestas nacionales, en defensa de la educación pública, contra la mal llamada reforma educativa; por la estabilidad laboral y para detener el proceso de la evaluación punitiva”.[6] La lucha de los maestros vuelve así a ocupar un lugar destacado en la agenda de los movimientos sociales. Ellos saben que una verdadera reforma educativa es imposible sin antes lograr una profunda reestructuración y una mayor eficacia del gasto presupuestario destinado a la educación cuya calidad es imposible que mejore ante las deplorables condiciones socioeconómicas en que laboran los profesores del sistema de educación primaria y secundaria: 23 mil 283 escuelas sin sanitarios (11.21 por ciento) y 20 mil 111 sin luz eléctrica (9.68 de cada 100), una de cada cinco no tiene mobiliario para los maestros y en 14 por ciento para los alumnos.[7]

Saldos de la farsa electoral

Dentro del rutinario quehacer electoral de la “democracia bárbara mexicana” (Revueltas dixit), el 7 de junio la jornada electoral sólo reflejó apenas pálidamente los cambios profundos que se están dando en la población. Los aspectos novedosos que aparecieron como resultado de la nueva ley electoral son mínimos e insustanciales. Uno es, sin duda, el triunfo del candidato “independiente” Jaime Rodríguez El Bronco, en la elección para la gubernatura de Nuevo León, sede de la oligarquía industrial y financiera más conservadora e influyente del país. Este personaje viene del PRI en donde militó durante casi tres décadas y sus lazos con los grupos poderosos de Monterrey son notorios. Su “independentismo” está por verse.

Los otros candidatos independientes electos en Jalisco y en Sinaloa responden a situaciones locales cada vez más generalizadas pero hoy como diputados que no pasan de diez no tienen ninguna posibilidad de cambiar un sistema atornillado con cientos, miles de funcionarios y políticos oportunistas que son el cuerpo mismo de la casta política represiva y corrupta dominante. El cambio radical del sistema político se dará desde abajo con la acción de la fuerza social revolucionaria e independiente de las víctimas primordiales del mismo, los trabajadores y sus aliados la masas de empobrecidos y oprimidos.

Al “claroscuro” del resultado electoral priista deben agregarse el de los otros partidos en los cuales hubo una clara diferenciación entre los favorecidos y los castigados. Empecemos por los últimos. Los más castigados fueron los dos partidos acompañantes del PRI en el Pacto por México del 2013-14. El PAN se hundió aún más en el rincón en que había quedado desde 2012 con el 21% de la votación bajando casi diez puntos con respecto a la votación de ese año, perdiendo decenas de diputados y piezas clave como la gubernatura de Sonora. La tendencia que se anuncia para el panismo es desastrosa pues ya desde hoy es el escenario de una feroz lucha por la dirección entre su actual presidente Gustavo Madero y el ex presidente de la república Felipe Calderón.

Pero es el PRD el partido que prácticamente se colapsó en estas elecciones pagando con creces su nefasto papel como cómplice del PRI y protagonista central en la crisis estallada a partir de la noche de Iguala. Con el citado 10.82 % de la votación el PRD se desplomó más de 20 puntos por abajo de lo conquistado en 2012 perdiendo así posiciones que lo arrojan a una situación de cuasi liquidación en la perspectiva del 2018: perdió la joya de su corona, su mayoría absoluta en el Distrito Federal, la gubernatura de Guerrero y varios distritos electorales en diversos estados.[8] La “izquierda oficial” encabezada por la conciliadora y torpe dirección de los llamados Chuchos no tuvo la menor posibilidad de enfrentarse al vendaval al que la arrojó la crisis de Iguala. Cometiendo un error tras otro, encubiertos con una soberbia infundada sus críticos, entre los cuales están algunos de sus miembros dirigentes, reconocen que en esta crisis que huele a que puede ser terminal, el peor enemigo del PRD fue el propio PRD.

Los dos partidos que salieron beneficiados fueron el Verde y Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) el partido fundado y dirigido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hace tres años tras su ruptura con el PRD. En el caso del Verde su exitosa cosecha de diputados es el resultado de la operación directamente dirigida por Los Pinos para lograr que su aliado incondicional lograra conseguir las fuerzas necesarias para darle al PRI la necesaria fracción parlamentaria mayoritaria que no podía conseguir por sí solo. El Verde es un engendro cuyos escandalosos dispendios de recursos en propaganda han provocado tal indignación que ha surgido un movimiento, muy fuerte en las redes sociales, para que se le quite su “registro”. Representa un ejemplo perfecto de un “negocio político”, una verdadera franquicia política, concebida por varios riquísimos empresarios para disponer de las herramientas capaces de influir en las decisiones gubernamentales. Su nombre de “verde” no tiene nada que ver con un real compromiso ecológico. Baste señalar que se ha hecho tristemente famosa su demanda de instaurar la pena de muerte, que no existe en México, en el código penal.

El caso de Morena

El inusitado éxito de Morena es simplemente el reverso de la ruptura y el colapso del PRD. Los tres millones de votos que consiguió fueron depositados abrumadoramente en las urnas del Distrito Federal. Fuera del DF, Morena logró algunas victorias, pero ninguna comparable con la de la capital de la República, sede de la aglomeración de masas más grande del voto de izquierda. Los votos para Morena en una gran parte pertenecen a la tremenda votación de castigo al PRD. Al perder la mitad de su electorado en el DF se le escapó su mayoría en la Asamblea Legislativa siendo Morena la directa beneficiaria: 22 asambleístas para Morena contra 19 del PRD.[9] La apuesta de AMLO logró importantes resultados para su meta fundamental que es conseguir la victoria de su tercera candidatura presidencial en el 2018, la cual no ha tardado en ratificar inmediatamente después de las elecciones. La actuación de Morena está corroborando su naturaleza fundamentalmente electoralista.

No se necesita mucha clarividencia para prever que las labores de Morena en los próximos tres años estarán prioritariamente dedicadas a preparar la campaña presidencial de AMLO. Una nueva tarea de Sísifo a la que el progresismo político, sindical, intelectual y académico conciliador ha subordinado a las masas rebeldes especialmente defeñas y de los estados sureños en los últimos 25 años. El programa de Morena no es cualitativamente diferente al del PRD; su diferencia sustancial es la propia personalidad de AMLO, un líder que se inscribe en la genealogía de la larga tradición del caudillismo político en el país. Su colocación dentro del espacio de lo que en México se ha llamado izquierda en las tres últimas décadas es la consecuencia directa de la crisis gravísima del movimiento de los trabajadores y de las organizaciones socialistas y comunistas.

El fundamento de la estrategia política obradorista, religiosamente respetuoso de los cauces de la legislación vigente, consiste en preparar la movilización de millones de votantes el día de las elecciones para garantizar la victoria. No hay sitio en su estrategia para las huelgas, los paros nacionales y parciales, la organización proletaria para la conquista de los objetivos clasistas. Los rotundos fracasos provocados por los fraudes colosales de 1988, de 2006 y de 2012, en estos dos años fraudes cometidos contra sus propias anteriores candidaturas presidenciales, no le dicen nada. A pesar de sus impugnaciones discursivas contra la corrupción y lo nefasto de la política del gobierno, en la práctica actúa considerando que Peña Nieto será diferente a Salinas de Gortari, a Vicente Fox y a Felipe Calderón en las elecciones presidenciales del 2018 y que democráticamente le permitirá alzarse con una victoria contra su sucesor sea priista o no.

Su discurso es profundamente conservador en cuestiones claves como el feminismo y los derechos de los homosexuales. Su defensa light de los derechos humanos se demostró palmariamente con la ligereza de sus posiciones tomadas con motivo de la desaparición de los 43 normalistas. Finalmente su liberalismo nacionalista es de un arcaísmo que simplemente no se adecúa al mundo globalizado que impera hoy en día y en donde México está profundamente inserto. Definitivamente Morena no es -y todo indica que no lo será- la organización política de la verdadera izquierda que los trabajadores y oprimidos necesitan con urgencia para defenderse y avanzar.

Sin duda, en Morena militan y simpatizan muchos hombres y mujeres valiosas, es de esperarse que se percaten de esas limitaciones esenciales que le impiden desempeñar un rol de vanguardia de las luchas anticapitalistas que están en la agenda histórica del pueblo mexicano. Muchas de estas personas serán afines a posturas más de acuerdo con una nueva y vrdadera izquierda organizada de cuya existencia hoy se tiene conciencia que es más necesaria que nunca en amplísimos sectores de activistas y de trabajadores avanzados.

Los sectores que promovieron el boicot electoral fueron en su mayor parte grupos del DF, Oaxaca y Guerrero, pero aunque en dimensiones menores se expresaron en toda la república. Contrario a lo que piensan entre otros Armando Bartra y Octavio Rodríguez Araujo, los que optaron por el boicot son las semillas de la izquierda auténtica e independiente que necesita el país.[10] Aunque diferente, el anulismo está vinculado de alguna forma al boicot. La anulación del voto se puede contabilizar y sus dimensiones pueden dar una idea indirecta del boicot. Según las cifras del INE los votos nulos significaron el 4.7% del total, 1 millón 900 mil 881.[11] En el DF el porcentaje fue mayor: el 7.0%, contribuyendo así más que el promedio nacional en el monto total de los nulos.

Puede afirmarse que en el DF, Guerrero y Oaxaca existe ya una base de masas con una consciencia clara de lo que significa la verdadera lucha revolucionaria. Los votos nulos así significaron más de la mitad de los obtenidos por Morena. Todo esto según las cifras del INE, que no es especular considerar que están disminuidas. Si a esto se agregan quienes optaron por un boicot directo, los cuales son, por supuesto, muy difíciles de cuantificar, el resultado nos permite considerar que en el país hay más de dos millones de hombres y mujeres que entienden que el combate contra el estado burgués mexicano y todo lo que representa debe darse a partir de una estrategia revolucionaria, independiente, sin ninguna ilusión en las negociaciones con el gobierno.

¿Adónde va México?

Escribimos las líneas de este epílogo sobre las elecciones de 2015, circunstancia política determinada en gran medida por la noche de Iguala, cuando sólo faltan unas cuantas semanas para que se cumpla el primer aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Un año habrá transcurrido y la sombra nefasta de ese crimen de Estado sigue irguiéndose sobre el panorama nacional. Mientras tanto, nuevos hechos ominosos ratifican nuestro análisis. Otra, terrible matanza ocurrió en Tanhuato, Michoacán con modalidades similares a las que vimos en Tlatlaya, Apatzingán e Iguala.[12] Por otro lado, una pieza clave de la versión difundida por la PGR sobre la desaparición de los 43 es que los estudiantes fueron detenidos y llevados a la base de policía municipal de Iguala antes de ser entregados al cártel de Guerreros Unidos. Pero el juez de barandilla, Ulises Bernabé García, que debería haberlos recibido asegura que no fue así y sus declaraciones las hace desde un lugar en Arizona en donde espera respuesta de las autoridades de EUA a su petición de refugio como perseguido político pues teme ser encarcelado o asesinado por haber declarado lo anterior ante el Ministerio Público.[13]

Ahora podemos volver a la pregunta inicial: ¿se ha producido el despertar de México que tanto hace falta? Sí y no. No en la medida que deseábamos, pero sí en la medida en que la demanda del boicot de las elecciones no sólo como castigo a un sistema de gobierno corrupto y represivo, sino como una convocatoria a luchar de manera firme e intransigente, surgió de la justa ira de los compañeros y los familiares de los 43 normalistas ante el cinismo, la hipocresía y la mentira de gobernantes, medios de comunicación y partidos políticos.

Muchas organizaciones de trabajadores, miles de hombres y mujeres en todo el país hicieron suya esta lucha. El gran miedo de los personeros del sistema político imperante que se alzó sobre sus cabezas durante las pasadas jornadas electorales fue precisamente el boicot al que conjuraron con la avalancha propagandística. Ha sido para los sectores democráticos y revolucionarios independientes una gran experiencia de lucha que queda como lección para el futuro. El propio consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, lo admitió al reconocer que “en las elecciones presidenciales de 2018, el discurso del boicot a las elecciones puede ser más atractivo y sería una situación más compleja para el sistema democrático mexicano”.[14]

Vienen tiempos turbulentos, tiempos confusos, llenos de imprevistos, dudas y retos en los que sólo la capacidad de invención y la imaginación de las masas populares podrá confrontarlos y superarlos en el proceso de la vida misma. Ese, precisamente ese es el miedo de las clases dominantes. Elocuente al respecto es la última y póstuma entrevista de Manuel Camacho realizada en 2014. Él fue uno de los personajes más lúcidos entre los que ocuparon la cumbre del poder político, primero en tanto connotado miembro de gobiernos del PRI, luego como posible candidato presidencial y después como fundador y dirigente de otros partidos burgueses. Preguntado sobre el futuro de la izquierda, contestó entre otras cosas: “nadie va a poder arreglar esto bien, porque sigue habiendo un mal resultado económico, porque la seguridad sigue siendo difícil y por más exitoso que sea todo esto va a ser muy poco lo que va a llegar abajo. (…) Es absolutamente impredecible para mí el 2018”.[15]

Las perspectivas del surgimiento y la forja de un México y un mundo nuevos por venir no pueden pertenecer a quienes medran y se benefician del actual estado de cosas, sino a los trabajadores y sus aliados los oprimidos de todo tipo y género que son la abrumadora mayoría de la población, aquellos que como han dicho los clásicos “no tienen nada que perder sino sus cadenas y en cambio tienen un mundo que ganar”. Los 43 desaparecidos de Ayotzinapa pertenecen a esa juventud que sabe que con la lucha firme, lúcida y solidaria se puede abrir este oscuro panorama que se abate sobre el pueblo mexicano. Para que ese combate triunfe hay que unirlo con el de los trabajadores quienes más tarde que temprano asaltarán el cielo como ya lo han hecho varias veces en la historia del país. Y entonces la victoria será nuestra.

* El texto va como epílogo del libro colectivo "La noche de Iguala y el despertar de México”.

Notas

[1] Judith Amador Tello, “La mayoría pasiva”, Proceso No. 2015, 14 de junio de 2015.

[2] César Camacho, entrevista en el Canal 11, 8 de junio de 2015 (citada en Proceso no. 2015, 14 de junio de 2015, pág. 13).

[3] Enrique Sánchez, “Peña Nieto destaca en Italia reformas estructurales”, Excélsior en línea, 13 de junio de 2015, http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/06/13/102914

[4] “Elecciones costarán cerca de 22 mil millones de pesos”, 5 de junio de 2015, http://elpuntosobrelai.com/elecciones-costaran-cerca-de-22-mil-millones-de-pesos/

[5] Proceso 2013, 31 de mayo de 2015, pág. 7.

[6]Laura Toribio, “CNTE anuncia que mantendrá protestas”, Excélsior en línea, 14 de junio de 2015, http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/06/14/1029439

[7] Tania L. Montalvo, “Cuatro de cada diez escuelas en México no tienen drenaje”, 24 de abril de 2014, http://www.animalpolitico.com/2014/04/cuatro-de-cada-diez-escuelas-en-mexico-tienen-drenaje/

[8] Judith Amador Tello, op. cit.

[9] “Morena obtiene 22 diputaciones en la ALDF”, La Jornada en línea, 14 de junio de 2015, http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/06/14/iedf-asigna-26-diputaciones-de-representacion-proporcional-8654.html

[10] Entrevista con Armando Bartra. Judith Amador Tello, op. cit.; Octavio Rodríguez Araujo, “Reflexión preliminar sobre las elecciones”, La Jornada, 11 de junio de 15.

[11] “Anuncian los resultados electorales oficiales”, Excélsior en línea, 14 de junio de 2015. http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/06/14/1029431

[12] 11 de los 43 muertos en Tanhuato presentaban signos de tortura, dicen familiares al Washington Post, 30 de mayo de 2015,

http://www.animalpolitico.com/2015/05/11-de-los-43-muertos-en-tanhuato-presentaban-signos-de-tortura-dicen-familiares-al-washington-post/

[13] Anabel Hernández y Steve Fisher, “Los normalistas nunca llegaron a la comandancia”, Proceso No. 2015, op. cit.

[14] Alonso Urrutia, “Los comicios fueron rehenes de demandas sociales, dice Córdova”, La Jornada, 16 de junio de 2015.

[15] Héctor de Mauleón, “Lo que define a la oposición es el régimen. Una entrevista con Manuel Camacho Solis”, Nexos en línea 5 de junio de 2015, http://www.nexos.com.mx/?p=2517

Correspondencia de Prensa / boletín informativo: germain5@chasque.net

Las elecciones del 7 de junio como operación conservadora


Massimo Modenesi
Revista Memoria


Una aparente contradicción ronda el momento actual de la historia política mexicana. El grito “fue el Estado” que retumbó en las conciencias y en las calles a raíz de las desapariciones de Iguala colocó, en la segunda mitad del 2014, el tema de la definición del Estado y la estatalidad desde la lógica y la práctica del antagonismo, de la protesta y la lucha, desestabilizando –por lo menos a nivel simbólico- el orden político-estatal actualmente existente en México. Por otra parte y en rápida secuencia, la campaña electoral y los comicios del 7 de junio del 2015 lograron estabilizar, en sentido conservador, este orden que puede ahora ostentar una recobrada normalidad institucional y vanagloriarse de la inexorable afirmación de las rutinas electorales, máxima expresión de la eficacia de la maquinaria institucional. El objetivo de fondo era y sigue siendo relegitimar lo deslegitimado para lograr el pleno restablecimiento de la relación de subalternidad, asentar la subordinación en la reconducción de las prácticas políticas al ejercicio delegativo en el horizonte acotado del perímetro del sistema de partidos existentes. En este sentido, la del 7 de junio fue -a todas luces- una elección de Estado, orientada al reajuste del complejo andamiaje sistémico del poder de mando que había sido afectado por las secuelas de la desaparición de los 43 normalistas. El retroceso relativo del bloque oficialista y la aparición en escena del Morena son detalles menores, aunque no irrelevantes[1], de un cuadro que tiene que entenderse, en primera instancia, desde una mirada de conjunto, en una perspectiva histórica y política más amplia.

La cuestión de fondo a analizar es entonces, a mi parecer, la rápida sucesión de dos situaciones y escenarios de signo opuesto. Primer acto, la denuncia movilizadora bajo la consigna “fue el Estado”, que revelaba el uso represivo y coercitivo del aparato público y que impulsaba la indignación multitudinaria frente al agravio como acontecimiento disparador. Segundo acto, la resignada afirmación “es el Estado” que acompaña la poderosa inercia estabilizadora y conservadora desplegada en el proceso electoral, la reconstrucción del consenso pasivo -real o simulado- desde las prácticas de gobierno, en el marco de las dinámicas generales del régimen político actual.[2] Además de su función de ritual legitimador, las elecciones intermedias fueron concebidas, en esta ocasión, como respuesta y antítesis al “fue el Estado”, como un intento de superación definitiva del ciclo de movilización y operaron concretamente, como ya es costumbre, por medio de mecanismos de despolitización, a través de la proliferación de formatos vacíos que incrementaron el grado de delegación frente a la capacidad de elección consciente e informada: nombres de candidatos en mayúsculas, carteles con caras sonrientes, palabras y actos lo más ambiguos e insignificantes posibles.

En el arco de menos de doce meses el escenario parece haberse movido de un amplio cuestionamiento antagonista a una igualmente extendida aceptación subalterna del cuadro estatal y lo que contiene: régimen político, niveles de gobierno y sistema de partidos incrustados en los diversos ámbitos de la función pública y los órganos legislativos.[3] Podría sostenerse que, después del vendaval de protesta, reaparecieron y se afirmaron fatalmente las prácticas y los recursos hegemónicos para relegitimar el orden político existente, desdibujando la sombra siniestra del Estado visto como mera dominación, despotismo e imposición. Pero consenso y coerción son dos caras de la misma medalla estatal, dos aspectos que se combinan de forma diferenciada, se hacen más presentes y visibles según las circunstancias, marcando coyunturas variables de un mismo proceso general.

Para interrogarnos sobre la naturaleza desigual y combinada del ejercicio del poder político en México podemos apelar al alcance analítico de la ya evocada distinción entre dominación y hegemonía y vincularla con algunos de los argumentos del debate marxista sobre el Estado. En particular los que sostuvo la denominada lectura instrumentalista -que insistía en caracterizarlo como aparato y en enfatizar su uso por parte de las clases dominantes- frente a otra que destacaba la llamada autonomía relativa del Estado, en un enfoque estructuralista que asumía que la lucha de clases penetraba el ámbito estatal que se convertía en un espacio en disputa, de equilibrios diversos que no excluían la posibilidad de impulsar transformaciones de carácter social-democrático.[4] En un nivel más concreto, si bien podemos considerar que ambas perspectivas iluminan aspectos que coexisten en la realidad, la segunda hipótesis permite caracterizar mejor los matices de las experiencias de gobiernos progresistas de ayer y hoy, mientras que la primera parece ser más adecuada para dar cuenta del papel y el lugar del Estado cuando son las derechas las que ejercen el poder ejecutivo.

Siguiendo estas pistas, es necesario reconocer que la idea que se generalizó a partir del movimiento Nos faltan 43 sobre el Estado criminal, represor e infiltrado sumada a la constatación de que el PRI regresó en 2012 para imponer una agenda neoliberal dura, expresión de claros intereses clasistas e imperialistas, contribuyen a sostener la tesis de que en México, a diferencia de otros países latinoamericanos gobernados por fuerzas progresistas, se seguía, implementaba o incluso profundizaba el ejercicio de una dominación sin hegemonía. Una dominación sin vocación hegemónica, en donde se volvieron secundarios o simplemente desaparecieron las intenciones, los elementos y los factores hegemónicos, la búsqueda de legitimidad, el cuidado de las apariencias y las formas, el equilibrio y la mesura para que la dominación sea tolerada y aceptada y toda la gama de dispositivos y procedimientos del arte de la política, tal y como se fueron concibiendo desde la irrupción de las masas en el escena histórica. La dominación sin preocupación hegemónica se convierte en el imperio de la imposición cínica, sin pudor democrático -como mencionaba en una intervención en el debate publicado en el número 254 de Memoria– donde el mandato electivo se percibe como oportunidad temporalmente acotada de enriquecimiento a través del pillaje, al estilo de los gobernadores de las provincias romanas.

En esta óptica, el Estado, el régimen y los sucesivos gobiernos se tornan meros instrumentos en manos de las clases dominantes y aparecen como tal, herramientas al servicio de un bloque de poder cuyos contornos, en el México actual, rebasan las fronteras nacionales y abarcan las esferas legal e ilegal de la acumulación capitalista. “Es el Estado” como aparato represivo que criminaliza, encarcela, golpea, tortura y eventualmente desaparece pero también el Estado como instancia jurídica que privatiza, que promueve y defiende los intereses privados de reducidos sectores de la población. El Estado de la violencia represiva y de la violencia del despojo, del uso de la fuerza para garantizar el orden o el desorden necesarios para la realización de las ganancias.[5] Violencia represiva que se desliza en la cotidianidad por medio de la militarización de la seguridad pública y la criminalización de la protesta, procesos siempre más de fondo, de alcance estructural, de reestructuración de la matriz estatal, que políticas episódicas y selectivas. Este diseño represivo sirve tanto para debilitar constantemente los contrapoderes existentes como para hacer frente a las coyunturas más críticas y los eventuales y probables desbordes de movimientos de protesta que provoca la profundización de las políticas neoliberales. Esto confirma que la actitud frente al disenso no es la búsqueda del consenso, sino que se asumen los costos políticos de la renuncia a la solución hegemónica, teniendo lista y operante la solución coercitiva.

En el plano estrictamente político, el Estado como instrumento y como aparato de poder cobija un régimen y un sistema político centrado en un sistema de partidos que tiende al despotismo partidocrático. “Es el Estado” de las elecciones, del Instituto Nacional Electoral (INE), del multipartidismo de Estado. De la percepción de esta estructura de dominación y de la mano de la denuncia de que “fue el Estado” se nutrieron e impulsaron, en ocasión de las elecciones del 7 de junio, el movimiento de boicot y el anulismo y el abstencionismo de izquierda, distintas expresiones de un mismo rechazo. Es importante distinguir el anulismo de izquierda para no confundir, como intencionalmente algunos han hecho, los argumentos y las intenciones de los liberales de los socialistas y anarquistas, así como habría que desgranar también la diferencias entre estos últimos dos. Respecto de esta cuestión, ampliamente debatida en los medios, es necesario registrar la descomunal embestida de columnistas, intelectuales y opinólogos de todo tipo y color en contra de la postura de quienes se proponían anular su voto o abstenerse de votar.[6] Si se puede entender el interés inmediato de los dirigentes y la intelectualidad orgánica de Morena, no dejó de sorprender la virulencia de los ataques hacia los “enemigos del pueblo” y la lógica autoreferencial, de patriotismo de partido, que los animó.

Dicho sea de paso, en aras de legitimar las elecciones, se ha minimizado el impacto de la abstención y del voto nulo. Las cifras indican que no fue masivo y cuantitativamente no fue más elevado que en elecciones intermedias pasadas. Sin embargo, estos son argumentos internos a la lógica estrictamente electoralista que no toman en consideración elementos del contexto social y político como, por ejemplo, que tendencialmente y por el nivel de instrucción e información creciente, el voto nulo es siempre menos el resultado de un error a la hora de emitir el voto, que son crecientes las prácticas de voto diferenciado por medio de los cuales se anulan unas boletas mientras eventualmente se vota por algún candidato o, más importante aún, que se trataba de elecciones en donde la oleada de movilizaciones del magisterio y del movimiento en solidaridad con Ayotzinapa, junto a las imposición de las contrarreformas, así como el bautizo de Morena introducían elementos de disputa y politización contribuyendo a generar un ambiente de mayor politización potencialmente susceptible de aumentar la participación electoral, la cual sin embargo no aumentó, posiblemente porque distintas tendencias se neutralizaron la una a la otra. Pero, en este sentido, asumir que junto al PRD el gran perdedor de las elecciones del 7 de junio es el anulismo es una lectura simplista.

El cierre de filas en defensa del valor democrático de estas elecciones intermedias agregó intereses distintos pero cuya convergencia no deja de dar cuenta y de sostenerse sobre un piso común, un acuerdo básico de principio. Si los partidos oficialistas de Estado defendían estratégicamente un orden político y su mecanismo fundamental de reproducción, el único partido de oposición defendía su perfil y su vocación alter-estatalista, es decir, su apuesta por disputar el poder estatal a partir del respeto y la aceptación táctica de las reglas del juego electoral. Por otra parte Morena, aunque su composición interna sea diversa y no termine de asentarse definitivamente, no adopta una postura clara respecto de un proyecto de transformación del Estado existente, mientras que es explícita su intencionalidad de impulsar reformas desde el Estado.

Finalmente “es el Estado” y “sigue siendo el Estado” el puntal de la relación social primordial que reproduce el conservadurismo en la sociedad mexicana, la plataforma cultural que, viceversa, soporta la permanencia de las instituciones. En este terreno es donde las tesis instrumentalistas son incuestionables en su lógica elemental –el Estado es un instrumento de producción ideológica en las manos de las clases dominantes- y, al mismo tiempo, se desdibujan en la medida en que aparece la dimensión de la hegemonía ya que la ideología no se impone groseramente, se difunde, se irradia, se siembra y se cosecha. Bajo el supuesto de la búsqueda de un ejercicio hegemónico del poder, las clases dominantes mandan utilizando instrumentos que tienden a generar consenso y, por lo tanto, reconocen e incorporan demandas, utilizan formas tolerables y negocian constantemente con los subalternos los términos del ejercicio del poder de mando. La imposición no es tal, es el resultado de una determinada correlación de fuerzas, o se realiza sutilmente, acompañada de una mezcla de concesiones y manipulaciones. En este sentido Gramsci sugería no dejar de ver una versión ampliada o integral del Estado, “sociedad política + sociedad civil”, donde en esta última se realizaban plenamente la hegemonía necesaria para acorazar al Estado en sentido estricto, restringido, como órgano del poder político. Pero el Estado en México dejó hace décadas de ser concebido en clave ampliada, de basarse principalmente en la búsqueda del consenso, en la conquista hegemónica de las trincheras de la sociedad civil. Al mismo tiempo, no se puede negar que, en torno a los intereses de las clases dominantes y por lo tanto en aras de sostener la estabilidad del orden político, se siguen realizando una serie de operaciones hegemónicas, principalmente de propaganda y manipulación, en una ampliación instrumental y no orgánica, mediatizada, mediáticamente amplificada, de la capacidad de persuasión. Dispositivos y prácticas de la que podemos llamar hegemonía negativa, que no comporta adhesión activa, positiva, que no genera consenso real sino conformismo, salvo las franjas activas en defensa del modelo neoliberal y de su derrame consumista, en particular la intelectualidad orgánica que vertebra las estrategias de comunicación. Las elecciones son el momento institucional por excelencia de estas prácticas de legitimación pasiva y delegativa del orden político. Han sido históricamente pasajes riesgosos y peligrosos donde excepcionalmente pueden irrumpir movimientos y proyectos progresistas (1988 y 2006) pero generalmente demuestran, en particular las elecciones intermedias, la capacidad de control social y político, de la capacidad estatal de administración y reproducción del status quo.

La permanencia del conservadurismo político en sectores mayoritarios de la población mexicana es el reflejo y la contraparte de la eficacia real de estos dispositivos de construcción del conformismo. Sin necesidad de hacer tantas cuentas, es evidente que el 8% de 46% de votantes obtenido por Morena más las fracciones de punto percentual de los anulistas de izquierda dan cuenta de un océano de pasivo conformismo y activo conservadurismo. Este océano no es el producto de las circunstancias, sino una construcción histórica de mediana y larga duración, debajo del cual se encuentran las profundidades societales del Estado. Esto no impide la persistencia de ámbitos de resistencia y el brote de episodios de rebelión, pero inhibe su extensión social, contrae su duración y reduce su impacto. Al mismo tiempo, no es una maldición sino un dato duro, temporal y espacial, de la vida política mexicana, del priismo eterno como continuidad histórica de la matriz político-estatal, el PRI como único verdadero partido nacional de masas y el priismo difuso e omnipresente en todo el espectro de partidos en México.[7]

La cuestión de la hegemonía sacada por la ventana de la estrategia del saqueo en el corto plazo reaparece por la ventana de los sedimentos culturales de la larga duración. Al mismo tiempo, la capacidad persuasiva de los argumentos del instrumentalismo logra centrar y reconocer una tendencia epocal –de mediano plazo- en donde la lógica de la nuda dominación carcome los ámbitos de las residuales prácticas hegemónicas, en particular aquellas que no implican mera manipulación ideológica sino comportan una concesión real de reconocimiento y redistribución material, aunque fueran corporativas o clientelares.

Una tendencia epocal surgida de equilibrios de poder entre clases que modifica la ecuación constitucional –y por ello tiene que adaptar permanentemente la Carta Magna. Ya hace tres décadas, con la lucidez que lo caracterizaba, sostenía René Zavaleta: “El reclutamiento de la clase política mexicana, por ejemplo, es cada vez más oligárquico, en la misma medida en que decae el poderío hegemónico del Estado”.[8]

Un indicio de esta fractura creciente, post-hegemónica, entre el Estado mexicano como aparato al servicio de las clases dominantes y la vida y los intereses de las clases subalternas es justamente, en el océano de conformismo y pasividad, el brote episódico de fenómenos masivos de protesta y, en su seno, el crecimiento constante del anarquismo y el autonomismo[9], como reacción “natural” al cierre de opciones en el marco del Estado históricamente existente. Opera entonces una ecuación básica, a mayor instrumentalismo estatal corresponde mayor autonomismo de las formas y los horizontes de las luchas sociales, a diferencia de América Latina donde la presencia de varios gobiernos progresistas genera una doble tendencia: por una parte éstos muestran márgenes de maniobra y de autonomía relativa respecto de las clases dominantes, por la otra ponen en evidencia los límites de estos mismos márgenes.

En el México de hoy, frente a la persistencia y la renovación en la alternancia de los gobiernos de derecha, ni el reformismo alter-estatalista de Morena, ni las fuerzas antisistémicas, antagonistas y autonomistas, parecen prosperar.[10] Morena porque, amén de sus resultados, significativos y relevantes así como minoritarios y testimoniales, tiene por lo menos un pié en el pantano de la estatalidad actual en México, causa y consecuencia de un perfil político e ideológico que no deja de reproducir patrones del conservadurismo dominante aun cuando, simultáneamente, sea expresión y proyecte deseos y voluntades de transformación y emancipación. Las posturas abierta y francamente antisistémicas y antagonistas, por su parte, porque -en su dispersión- no acumulan la fuerza necesaria ni configuran un proyecto que les permita constituirse en una alternativa viable en el corto plazo, el plazo de las urgencias que ellas mismas plantean.

Acierta Luis Hernández Navarro cuando señala que se manifestó en las recientes elecciones una crisis de representación.[11] Agregaría que hay que reconocer la simultánea crisis de participación que la acompaña, la crisis de los canales de organización, politización y movilización que las clases subalternas forjan y defienden como trincheras defensivas para sostener su resistencia pero que no están funcionando de forma adecuada, no están a la altura del desafío que plantea la coyuntura en clave antagonista, de ofensiva antisistémica. En este sentido, en México vivimos una crisis de la democracia en su sentido integral, en sus dos vertientes fundamentales, de representación y de participación. Salvo que la crisis de representación parece ser estructural e irreversible mientras que la de participación podría resultar coyuntural y reversible, bajo los buenos auspicios de la vitalidad y la intensidad de las movilizaciones masivas de 2012 y 2014, las cuales, aún esporádica e inorgánicamente, dieron cuenta de un fermento y una capacidad de convocatoria multitudinaria. Frente a una situación parecida, la crisis de representación del Porfiriato, la solución ensayada por las clases subalternas mexicanas fue una revolución social, es decir, un estallido de participación en donde las clases subalternas trataron de gobernar su propio destino, lográndolo solo parcialmente, incidiendo en el curso de la historia y abriendo una época de cambios. Ante la crisis actual, mientras impulsamos, sostenemos y defendemos los espacios de contrapoder, estamos buscando una alternativa a la barbarie, una barbarie que nos rodea y no tiene solo el rostro del narco, sino el más antiguo del capitalismo y también la cara bifronte del Estado.

El autor es historiador y sociólogo mexicano; Director de la Revista Memoria / massimomodonesi.com

NOTAS

[1] En particular no habría que entramparse en el debate respecto del vaso medio lleno o medio vacío de la cosecha electoral de Morena. De forma ecuánime y al margen de lecturas detalladas, a grandes rasgos es posible una lectura que no menosprecie su debut y en particular su resultado en la Ciudad de México sin caer en un triunfalismo que no corresponde a los números reales y su distribución a lo largo del territorio de la República.

[2] Un régimen presidencialista y partidocrático basado en la alternancia conservadora surgida en 2000, con la apertura hacia el PAN, y que tendía a incluir el PRD en una lógica de tripartidismo de Estado, sin considera los partidos satélites (el PVEM del PRI, PT y MC antes del PRD, ahora posiblemente de Morena).

[3] El “escenario”, es decir la correlación de las fuerzas en movimiento, se movió más que las opiniones de las personas concretas, aunque también individuos y grupos pasaron de una descolocación antagonista a un reposicionamiento conservador, conforme a las coordenadas más profundas de una cultura política dominante, cuya suspensión temporal no implica una ruptura más de fondo. El análisis de las culturas políticas en el entrecruzamiento entre condicionamiento clasista y colocación en la línea progresismo-conservadurismo rebasa el alcance de este artículo pero no deja de ser fundamental para poder sopesar todas las implicaciones del pasaje secuencial que queremos destacar.

[4] Otra corriente fundamental de este debate el llamado derivacionismo, que ponía el acento en la relación entre capital y Estado, para una visión general del debate marxista con particular atención hacia el derivacionismo cfr. Simon Clarke (coord..), The State debate, Palgrave Macmillan, Londres, 1991 o Mabel Thwaites Rey (coord..), Estado y marxismo. Un siglo y medio de debate, Prometeo, Buenos Aires, 2007.

[5] En este sentido se entiende el debate sobre el carácter peculiar de un patrón de acumulación basado en el desborde de las actividades ilícitas y de las que, aún cobijadas por una legalidad mercantilizadora, ilegítimamente violentan los territorios y las comunidades que los habitan, con el creciente imperio de la violencia estatal, paraestatal y criminal que acompaña este ataque a los bienes comunes naturales, la tierra y el agua en particular.

[6] En las redes sociales aparecieron todas las posturas, de forma muy libre y caótica, como es propio de estos medios.

[7] Difuso e omnipresente tanto por el origen de los dirigentes como por las prácticas políticas y, como lo estamos argumentando, también por el marco general del horizonte relativamente conservador del proyecto político que defienden en el contexto de la estatalidad existente.

[8] René Zavaleta, El Estado en América Latina, Los Amigos del Libro, La Paz, 1990, p. 176.

[9] Sobre la difusión relativa del anarquismo entre la juventud mexicana hay cierto consenso (ver al respecto Carlos Illades, “El retorno del anarquismo. Violencia y protesta pública en el México actual” en Sociología Histórica, núm. 4, Universidad de Murcia, 2014), el crecimiento del autonomismo resulta más difícil de sentenciar si nos referimos a su definición estricta, ideológica, en este caso me refiero a una autonomismo en sentido laxo, atribuible a aquellas posturas políticas de rechazo a las mediaciones partidarias y tendencialmente a las instituciones estatales.

[10] Sobre el análisis de estos límites ver mi artículo “Entre la izquierda subalterna que no termina de morir y la izquierda antagonista que no acaba de nacer” en Memoria núm. 253, febrero de 2015.

[11] Luis Hernández Navarro, “7 de junio: crisis de representación”, La Jornada, 9 de junio de 2015.
http://revistamemoria.mx/?p=482

¿Podrá cambiar el PT?




1. No milito en partido registrado alguno ni nunca, desde 1958, he votado en elecciones nacionales o locales porque siempre he tenido la convicción que lo único que tiene validez para revolucionar México es la lucha social de los trabajadores en los campos, las fábricas, los barrios, las calles; es la lucha la que puede crear la conciencia social de clase contra la explotación, la opresión y la desigualdad. Sin embargo, tampoco se puede dejar de mirar y analizar los procesos electorales en el país por el enorme papel de mediatización y control de masas que ejercen.
2. Después de dar mi artículo acerca de los resultados electorales del pasado siete de junio, me he puesto a observar y pensar acerca del Partido del Trabajo (PT) que, según se ha publicado, está a punto de perder su registro y el financiamiento que entrega –como a todos partidos- el Estado. De todos los partidos es con el PT con el que he tenido alguna relación inicialmente porque entre sus fundadores tenía a decenas de amigos de la UNAM que venían del maoísmo, espartaquismo y demás. Hice muchos amigos más, pero estoy cada vez más lejos de los partidos.

3. Cuando leí el programa del PT hace 25 años me dí cuenta que era el único partido, el único que tenía en su programa como objetivo la lucha por el socialismo mientras el PRD no se atrevía a declararse de izquierda. A pesar de que siempre me negué a pertenecer, fui invitado en 1999 a varios estados del norte como profesor de Marxismo y Revoluciones en la escuela de cuadros y posteriormente a escribir en la prensa central del PT: me ha publicado dos o tres artículos quincenales durante 15 años (de 2000 a 2015), por colaboración, sin recibir pago alguno.

4. Dos cosas importantísimas del PT que he aprovechado: a) Su Seminario Internacional anual (va en el número XIX) al que asisten alrededor de 200 socialistas, marxistas, activistas de unos 50 países del mundo a analizar y discutir la situación mundial y, b) la edición de decenas de libros de marxismo clásico y otros marxistas para distribuir cada seminario. Me pregunto: ¿Será que el Estado haya encontrado en el PT a un abierto difusor de izquierda en lo internacional y lo esté castigando para que entre al redil como todos los demás partidos sin posiciones definidas?

5. Quizá “con el castigo de la pérdida de su registro” ahora tenga la oportunidad el PT de estar más cerca de transformar su práctica socialdemócrata a una práctica socialista muy comprometida con los movimientos sociales, tal como originalmente está escrito en su programa; al mismo tiempo revisar aquel principio de que todos los militantes deben estar o pertenecer a organismos de masas como fueron Tierra y Libertad, política popular, y otros de los años setenta y ochenta que se extendieron en La Laguna, Torreón y Chihuahua.

6. Mucho se ha escrito y hablado acerca de la creación del PT al iniciarse los años noventa siendo presidente de la República Carlos Salinas. Se ha hablado de la estrecha amistad en la escuela de Economía de los funestos Carlos y Raúl con el dirigente del PT Alberto Anaya. Pero la pregunta podría ser, ¿qué partido político no se ha creado en las mismas condiciones? El PRI se creó en 1929 por Calles y su grupo; el PAN se creó en 1939 por empresarios, clero y la derecha más recalcitrante; el PRD como hijo del priísmo; el PST, el PMT y el echeverrismo, el Verde, Movimiento Ciudadano…

7. Parece importante saber los orígenes, pero lo esencial es lo que cada quien ha hecho en las luchas sociales en los últimos siete u ocho años, que es lo que define. Conozco a más de una treintena de izquierdistas originales que ahora son del gobierno, de la derecha o viven gozando de enormes riquezas y comodidades. Pero también a muchos derechistas y clericales (así lo han declarado) que al abrazar la Teología de la Liberación son ahora más izquierdistas en la práctica que mil auto calificados de “avanzada”.

8. El PT tendrá que comenzar a pagar cuotas, ahorrar en viajes por avión, en comidas de restauran, en pago de hoteles, en gastos de comisiones, en viajes al extranjero. Tendrá que reeducarse en principios socialistas, como plantea en su programa; le urge participar de manera amplia y masiva en el movimiento social y confrontar en serio a la burguesía. La otra vía, la burguesa, es pedir perdón a Peña por no firmar el Pacto, prometer no divulgar principios socialistas y ser lamebotas como parte de la alianza con partidos oportunistas. ¿Podrá cambiar en serio?



Blog del autor:  http://pedroecheverriav.wordpress.com

¿Ser de izquierda es ser “honesto y de buen corazón”?




Sin duda que usted leyó las declaraciones de López Obrador acerca de la “poca importancia” de los matrimonios homosexuales y el aborto (pero si no lo ha hecho, por favor, léalas; saboree con calma las bellas palabras del líder de la izquierda en México). Las concepciones político-morales del Peje lo han hecho el hazmerreír del país, justificadamente. Pero hay que detenerse un momento en ellas para entender el proyecto político del tabasqueño, hoy encarnado en Morena. En esas pocas frases se resume el personaje López Obrador, pero también las ambigüedades de su partido político. Proporcionan una puerta de entrada inmejorable para entender al lopezobradorismo como fenómeno social.

Si el aborto y los matrimonios homosexuales no son tan importantes, ¿qué lo es? La respuesta es clara: la corrupción, deus ex machina, fuente y origen de todos los problemas que aquejan a nuestro país, desde la disminución de la cantidad de mariposas monarca en los bosques de Michoacán hasta las muertas de Juárez.

La solución es simple: ser honesto, no dejarse sobornar. En eso consiste el papel histórico de la izquierda en nuestro país, en no ser corruptos. ¿Y luego? No hay luego. Eso es todo. De ahí, todo lo demás nacerá, naturalmente. Ojo, López Obrador no nos dice que esté en contra de los abortos, sólo que es un asunto que, una vez que él y su élite moral estén en el poder, podrá ser tratado sin prisas. Digamos, en el segundo año de su gobierno. (Lo de las mariposas monarcas y las muertas de Juárez, por extensión, también serán tratados… en el cuarto y quinto, respectivamente).

Esa concepción recuerda a la del movimiento obrero blanco, conservador, estalinista, durante la segunda mitad del siglo xx. Tras la explosión de las “otras causas” (de las mujeres, los “disidentes sexuales”, las minorías raciales) en el post-68, los partidos comunistas (y socialdemócratas) les decían: ¿para qué se preocupan por esas cosas pequeñoburguesas? ¿No se dan cuenta que lo esencial en este mundo es luchar por el socialismo? Una vez llegados ahí, ustedes podrán dedicarse a liberarse sexual, racialmente. Pero primero lo primero.

Como ahora el Peje con los pro-aborto y los homosexuales, el movimiento obrero conservador no le decía a las mujeres que había que buscar la mayor igualdad de género inmediatamente y al mismo tiempo aceptar que el capitalismo generaba estructuralmente la desigualdad; le decía que tenían que subordinar su lucha a otra, porque era menos importante.

Hay un problema político y uno programático con las ideas de López Obrador. El primero es que asumir que sólo la izquierda es honesta es, por un lado, estadísticamente falso, y por el otro implica subestimar a la derecha. Para darse cuenta de lo primero no hay que rascarle mucho (lo último que nos dio la prensa es la alianza entre Monreal y Cuauhtémoc Gutiérrez —alias “Jabba the Hut”— en la Cuauhtémoc).

Lo segundo es más importante: el conservadurismo como ideología no es más afín a la corrupción que el liberalismo o el izquierdismo, porque la corrupción no tiene que ver con las ideas (ni, en el fondo, con la moral personal), sino con la sociedad. El dicho “la oportunidad hace al ladrón” adquiere aquí su versión moderna: la oportunidad hace al corrupto. Decir que la izquierda tiene el monopolio de la honestidad (aparte de ser falso) aliena a esa enorme masa conservadora que hay que ganar, un sector de la cual cree honestamente en esos ideales. La iglesia de cristo se corrompió, el partido bolchevique se corrompió. Morena se puede corromper, si no lo está ya. La izquierda no es una élite moral. Pero lo esencial es el lado programático de las declaraciones de López Obrador, la idea de que con honestidad todo se resuelve. Mejor dicho: el “lado programático” es un eufemismo para referirse a la falta de tal. Sonará obvio, pero, queridos lopezobradoristas, la honestidad no es un programa. La idea de la república amorosa, que hace años parecía simplemente el devaneo inútil de un publicista cursi, sigue siendo parte del horizonte ideológico de Morena. Cuando AMLO habla de eso, se lo cree de verdad.

¿Qué expresan, en el fondo, esas ideas? Al López Obrador, administrador eficiente en un momento de auge económico y borrachera democrática; al político astuto que supo presentarse como el defensor de la soberanía en la época en la que esta se había extinto. En términos intelectuales y electorales: una combinación inteligente del clientelismo más efectivo que el PRD aprendió directamente del PRI con la sanción moral de una intelectualidad moralmente comprometida que, habiendo renunciado a los horizontes ideológicos que un día le dieron forma, cristalizó sus prejuicios en un caudillo paternalista: la confusión complaciente de la influencia con el poder (populismo); la admiración bovina de la burocracia (el administrador); el desprecio profundo por la igualdad (el fracaso histórico del PRD y Morena por hacerse de un espacio entre la clase obrera).

En pocas palabras, la incapacidad de la intelectualidad de izquierda en hacerse las preguntas que de verdad había que hacerse. La crítica liberal de una Denise Dresser expresa incluso el límite de este discurso: acusa a AMLO de estar peleado con el mercado cuando lo último que López Obrador propone es estatizar ninguna cosa; o quitarle al dominio del mercado ningún sector importante de la vida social.

Son esas las raíces históricas e ideológicas del lopezobradorismo. Hoy, a 15 años de su entrada como jefe de gobierno del DF, su programa se reduce al más craso moralismo: la honestidad y la pureza de corazón. La trayectoria de la izquierda institucional puede resumirse en una frase: una revolución democrática patética y conservadora produjo, años después, una regeneración nacional supina y moralista.

@CamiloRuizTass

Fuente: http://www.elbarrioantiguo.com/ser-de-izquierda-es-ser-honesto-y-de-buen-corazon/