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martes, 23 de junio de 2015

Voto Nulo Un argumento extrapolítico




Pues bueno, a dos semanas de las elecciones en México, pareciera comprobarse a posteriori la ineficacia política y extrapolítica del voto nulo. La intención de esta breve columna tiene justamente por objetivo valorar un par de argumentos técnicos —y ofrecer a su vez uno breve— sobre la viabilidad política de esta forma del voto. Es decir, no por supuesto sobre su legitimidad política —indiscutible e inalienable para quien bajo reflexiones éticas o reflexiones políticas se haya departido por anular—, sino sobre su viabilidad política entendida como eficacia, sobre la certidumbre que a la ciudadanía brinda anular si lo que se quiere es castigar realmente a la partitocracia y empoderar a la sociedad civil como más o menos arguyen sus impulsores.
Bien, resultado de esta inquietud decidí lanzarme a la búsqueda de respuestas en Internet y pude por fortuna encontrar algo de información valiosa. Encontré al menos dos argumentos a los que valdría la pena considerar si lo que buscamos es una evaluación más amplia sobre el comportamiento del voto nulo y si no nos sentimos satisfechos con lo que hasta el momento se ha dicho sobre su efectividad. Tomando entonces esos argumentos fui construyendo una sencilla argumentación y una serie de preguntas en relación a este tipo de voto con el propósito de no limitar el análisis a factores políticos. Lo que voy a hacer es prácticamente ofrecer algunos argumentos técnicos muy simples explicando por qué en general resulta difícil determinar a priori si el voto nulo serviría a propósitos políticos o electorales definidos y por qué creer en su eficacia demandaría de nosotros

a) O de mucha fe política,

b) O del conocimiento de otras de las variables involucradas en el evento electoral en cuestión,

c) De un presupuesto tan alto y una campaña publicitaria tan exitosa como para inclusive garantizarnos una buena pelea frente a las costosas campañas de algunos de los partidos políticos mejor patrocinados para, así, atraer algunos de sus adeptos,

d) De una tan elevada consciencia política que sin necesidad de financiamiento ni sin grandes convocatorias la ciudadanía se convencería por sí sola del poder de anular,

e) Otros escenarios.

A continuación los argumentos.

ARGUMENTO 1. Este argumento parte de una brevísima columna de opinión publicada en el diario El Universal la semana pasada y fue proporcionado por uno de los miembros del Movimiento Anulista a través de su cuenta Twitter; vale mencionar que cuando se proporcionaba se advirtió al mismo tiempo cuáles serían los límites de esta modesta columna (“para alimentar debate”) y que no fue dado con la pretensión de zanjar aquí la cuestión. ¿Qué nos ofrece este análisis? Básicamente no hay ningún dato de peso en la columna que refuerce las opiniones de la expositora. Todo lo que se nos ofrece es evidencia anecdótica. Y es importante recordarlo: los ejemplos aislados no constituyen información concluyente en ningún análisis estadístico y menos en un evento aleatorio de este tipo. A veces ni el propio votante sabe con claridad por qué partido va a departirse sino hasta el momento mismo de la elección y puede incluso decidir su voto el mismo día de la jornada electoral. Hay una importante componente subjetiva en el ejercicio del voto y de allí que atribuir preferencias a los anulistas resulte ser un acto poco más que ocioso. Necesitaríamos conocer cómo se distribuyen los votos nulos entre los distintos partidos (de ser efectivamente emitidos) y esto demandaría conocer los datos de toda la elección e inclusive datos de elecciones pasadas a través de muestras aleatorias tomadas de la población electoral en su conjunto —y por tanto, muestras representativas—, dado que la población electoral constituye en sí un sistema social altamente heterogéneo, y entonces, ahora sí, establecer con menor certidumbre —si es que una cosa tal es posible— si los anulistas son votantes desilusionados o ciudadanos apartidistas. En general, resulta aventurado hacer conjeturas sobre los votos anulados sin fiabilidad estadística. Por ejemplo, ¿por qué suponer que los votos ganados por los partidos pequeños son votos finalmente no anulados? O más específicamente, ¿por qué suponer que los votos anulados habrían de ser incontestablemente votos para el PRI? De antemano nadie sabe entre quiénes se repartirán. Para inferir lo que allí se infiere se necesitan más datos. La coincidencia aludida resulta ser para todo fin práctico insuficiente. Si acaso podría inferirse que en las circunscripciones de alto voto nulo citadas en el texto (y solamente en esas) hay menos simpatía por el PRI entre los votantes que por el resto de partidos. Y esos otros partidos pueden ser: PAN, PRD, PT, MORENA, PVEM, Movimiento Ciudadano o podría simplemente tratarse de una postura apartidista acendrada, no necesariamente benefactora de los partidos pequeños.

Resulta por otro lado llamativo que se cite a Movimiento Ciudadano a favor del voto nulo cuando es evidentemente un argumento débil. Si en una entidad de bajo voto nulo Movimiento Ciudadano logró atraer el voto de los anulistas, como parece sugerir la escritora de la columna, ¿no debería más bien considerarse este hecho un triunfo de Movimiento Ciudadano que del movimiento anulista? Correlación no es causalidad. En la columna nunca se explica esto ni de hecho ha quedado suficientemente aclarado por los representantes del voto nulo hasta el momento. Su argumentación al respecto está basada solamente en probabilidades discursivas pero no se ha ofrecido hasta el momento ningún argumento de peso. Y creo que esto ha sido así sencillamente porque no hay cómo explicarlo: estamos ante un evento estocástico de muy alta complejidad probabilística y de inclusive absoluta incertidumbre debido a la importante componente subjetiva implicada en el evento, como se comentó líneas arriba. En resumen, es difícil saber en una elección si el voto nulo servirá a nuestros propósitos con una cantidad de datos tan pequeña. Por lo demás, la ambigüedad de la columnista hace de por sí difícil analizar su comentario.

Así, más allá de la legitimidad política del voto nulo, hasta el momento ignoramos cómo este voto lastimaría al sistema de partidos además de lastimar potencialmente al PRI. En realidad, puede lastimar potencialmente a cualquier partido y de allí que haga peligrar especialmente a los partidos pequeños, quienes evidentemente cuentan con menos recursos financieros y experiencia política para atraer a los votantes. No es gratuito que el Partido del Trabajo haya perdido su registro en esta elección, por ejemplo. Desde mi perspectiva, el voto nulo fortalece al sistema de partidos de la misma manera en que lo hace el voto efectivo. O dicho de otra manera, no existe evidencia estadística concluyente que irrefutablemente apoyara el argumento contrario.

ARGUMENTO 2.   Mientras terminaba de teclear el argumento 1 esta mañana encontré por fortuna un análisis del economista mexicano Javier Aparicio en el que explica con una sencilla ecuación aritmética por qué el voto nulo no solamente no castigaría a los partidos políticos sino que de hecho los favorecería. Solamente que a diferencia del breve análisis del argumento 1, en el que tomo únicamente los datos de la columna citada, él además incorpora a su análisis (bastante más amplio) la manera en que de hecho los votos nulos son contabilizados después de la elección de acuerdo a la última reforma a la ley electoral (2014) y concluye por tanto que los partidos pequeños se verían en realidad beneficiados con esta nueva reforma. Textualmente en su breve análisis afirma: «Los votos nulos, al igual que el abstencionismo, ayudan a que los partidos políticos mantengan su registro» y párrafos más adelante: «Y también ayuda a que los partidos pequeños mantengan su registro, sus prerrogativas y sus curules». A mí sin embargo su último argumento no termina de convencerme del todo pues creo que está subestimando aquel comportamiento poco predecible expresado necesariamente en la voluntad del elector el día de la elección y cuya última decisión (se esperaría) sería sensible al arsenal disuasivo de los partidos políticos —dependiente en alguna medida de los recursos del partido en cuestión y de su consolidación política— y cuyo impacto en la voluntad del votante debería poder ser representado de alguna manera en nuestros cálculos para determinar si esto afectaría o no afectaría a los partidos pequeños (y puesto que se restan de la Suma total de votos válidos los votos nulos). En mi opinión, inclusive con independencia de la indecisión del votante y de si decide, o no, el mismo día de la elección por uno u otro partido, creo que debe reconocerse que los partidos grandes cuentan con más recursos (económicos, en prensa, en publicidad, en trayectoria) para atraer en general a más votantes, lo que, desde mi perspectiva, hace de todos modos peligrar a los partidos pequeños, tal y como peligraban con la ley anterior. Y lo que además, habría que sumar este otro factor indecisión del votante indeciso —comentado en el argumento 1— y estudiar su relación con los recursos de los partidos. En general, habría que considerar con más cuidado si los partidos pequeños son realmente beneficiados con esta nueva ley.

Creo por todo esto, que el voto nulo no solo es un voto ineficaz, es un voto ingenuo cuando no inútil. Un voto naïve. ¿Por qué la ley electoral pone a disposición de la ciudadanía un instrumento claramente limitado para castigar al sistema de partidos? ¿No este mecanismo abre las puertas a un ejercicio de representatividad ciudadana asimétrico para quienes no cuentan con medios políticos para la resistencia?

Querría finalmente preguntar al Movimiento Anulista y a sus principales impulsores si otra vez la ciudadanía habremos de quedarnos sin respuestas convincentes acerca de la eficacia, no ya solamente política sino extrapolítca del voto nulo, o si, como en otras ocasiones, el movimiento nació (previo a las elecciones) con un tenaz respaldo mediático y disuasivo solo para morir, después, calladamente, lanzándolo con su sordina a las tierras del olvido político, para hacer de este asunto otro de los tantos temas de coyuntura a los que la historia mexicana contemporánea parecería estar condenada sin derecho al registro, a la memoria, a la duda o al escepticismo. ¿Habrá respuestas?



Notas.

[1] En este enlace puede leerse un estudio realizado por el Partido Acción Nacional sobre el comportamiento del voto nulo en las elecciones federales 2012. Cito textualmente las conclusiones del estudio: «En el estudio encontramos una posible relación negativa entre voto nulo y GPE, lo que significaría que a menor nivel educativo en los distritos hay un mayor voto nulo». A lo largo del texto se define GPE como Grado Promedio de Escolaridad (https://www.pan.org.mx/wp-content/uploads/downloads/2013/08/Documento_429.pdf).

[2] No querría obviar que tanto en el ITAM como en El Colegio de México (de donde egresan los principales promotores de este movimiento) hay una importante comunidad de egresados de matemática y matemática aplicada (con un excelente cuerpo académico, creo entender) quienes junto a Javier Aparicio podrían brindarnos de algún análisis más completo sobre esta cuestión. Es decir, el movimiento anulista podría solicitar un estudio así inclusive como un ejercicio de sana autocrítica ante su propia propuesta.

[3] La columna del argumento 1 se intitula «Falacias sobre el voto nulo e independientes» y puede consultarse directamente ingresando a la página del diario mexicano El Universal.

[4] Es una lástima haber encontrado tan tarde la nota de Javier Aparicio, alojada en su blog personal, javieraparicio.net, en donde se presentan toda una serie de miniartículos muy interesantes escritos por el economista, a lo largo de al menos un mes —sobre el voto nulo— previo a las elecciones. Vale la pena echarles un ojo.

martes, 9 de junio de 2015

Voto nulo, elecciones intermedias en México y hartazgo ciudadano



1) El pasado 7 de Junio se celebraron elecciones federales y locales en México. Se votó para elegir diputados locales y federales, así como jefes de las delegaciones del Distrito Federal, alcaldes y gobernadores de varios Estados de la república. En estas elecciones sólo votaron aproximadamente 40% de los electores. 6 de cada 10 mexicanos decidieron no votar. Desde aquí ya podemos ver de manera nítida un problema de legitimidad en estas las elecciones. Si bien los resultados son "legales" no son legítimos pues no representan a la mayoría de los mexicanos. Esto es razón suficiente para afirmar que los actuales partidos políticos no nos representan. Es una razón suficiente para decir que la democracia en México no existe. Esto es una farsa. Lo que hay en México es una caricatura de lo que es realmente la democracia. La primera prueba del Instituto Nacional Electoral (dirigido por el racista Lorenzo Córdoba) la han reprobado. Pese a pagar millones de pesos a la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú para que venga a convencer a los mexicanos para participar en estas elecciones, fallaron en su capacidad de convocatoria. También han fallado los partidos políticos participantes y los poderes facticos que están detrás de ellos. Este nivel tan bajo de participación debería darles vergüenza a todos ellos.
2) De los que votaron muchos decidimos anular. El porcentaje de los votos nulos (cerca del 5.36%) fue mayor que el de partidos políticos pequeños (PT, Encuentro Social, Nueva Alianza, Partido Humanista). La diferencia entre el voto nulo y partidos medianos como el Partido Verde y Movimiento Ciudadano es de aproximadamente 1%. Sin campaña y sin mal gastar recursos públicos, se mostró que la indignación de muchos de nosotros que anulamos el voto es mayor (y casi igual) que el apoyo ciudadano a ciertos partidos políticos que en realidad son ya meros parásitos vividores de los recursos públicos.

3) En lugares como Iztapalapa el voto nulo superó los votos obtenidos por el PRI o el PAN. Estoy orgulloso de esto, pues Iztapalapa, barrio obrero por excelencia, es uno de los lugares donde parece que hay mayor consciencia de clase. Iztapalapa es una zona anti-PRI y anti-PAN. Probablemente lo sea porque la gente que habita esta parte de la ciudad más grande de México (y del mundo hispano-hablante) es de los que más han sufrido los efectos negativos de más de 30 años de políticas económicas neoliberales.

4) Los que anulamos nuestro voto lo hicimos para protestar contra todo un sistema político que no funciona y que ahora está en una de sus mayores crisis de credibilidad. Lo hicimos también en muestra de solidaridad con los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa que en su distrito lograron la anulación de la farsa electoral (pese a la brutal represión del gobierno mexicano). Los que anulamos nuestro voto no lo hicimos para "castigar electoralmente" al PRI, al PAN o al PRD y así beneficiar al menos peor. No se trató de un "voto útil" para beneficiar al partido menos corrupto de todos (en este caso concreto, Morena). Así que no se puede criticar a los anulistas porque "hayamos beneficiado al PRI". Nuestro objetivo era protestar y visibilizar la farsa electoral, no beneficiar al partido menos peor.

5) Muchos de nosotros respetamos a los que hicieron el "voto útil". Yo mismo he votado por Obrador en otros momentos, pero lo he hecho críticamente. Nunca he militado en su movimiento pues no me convence la estructura vertical de su organización. En ese partido siguen habiendo burocracias elitistas, donde ellos deciden de manera anti-democrática quienes serán sus candidatos. Muchos de sus candidatos a diputados no tienen perfil de luchadores sociales. Se carece de apertura crítica (la crítica a Obrador no es aceptada) y de claridad ideológica. Esto último se muestra con la falta de cercanía con los procesos anti-neoliberales actuales que se viven en Ecuador, Bolivia o Venezuela que se reivindican abiertamente socialistas (socialismo del siglo XXI). En el caso concreto de Ecuador se impulsó una auténtica revolución ciudadana. En Venezuela se ha levantado un poder ciudadano (a la par del poder legislativo, ejecutivo y judicial). Pese a esto, Obrador se ha obsesionado con diferenciarse de Chávez (un político que puso en jaque al imperialismo yanqui en América del Sur y que empoderó a los pobres de su país que llevaban décadas pisoteados y ninguneados), y por moderarse para no sufrir linchamiento mediático. Esto es un error pues ha cedido demasiado a las actuales reglas del juego electoral impuestas por los poderosos. Ante los fraudes sólo responde con plantones. Si fuera más radical y democrático ganaría el apoyo de muchos de los que esta vez hemos anulado nuestro voto.

6) Estas elecciones, lejos de ser una fiesta democrática (como tratan de hacer ver los medios masivos de comunicación) son, en realidad, motivo de reflexión sobre la situación tan preocupante que se vive día a día en nuestro país. Estas elecciones muestran de manera clara y contundente que la mayor parte del electorado mexicano no cree en los partidos políticos actuales. Vías “más ciudadanas” generan interés (como la reciente victoria del ex-priísta llamado "el bronco" quien gobernará el Estado de Nuevo León pese a competir contra el PRI y PAN, o la victoria del ex-futbolista Cuauhtemoc Blanco que con un discurso de crítica hacia los políticos del PRI y del PRD logró ganar la alcaldía de Cuernavaca). El voto nulo (hecho por miles y miles de personas) tan sólo es la punta del iceberg de todo un enorme hartazgo que se viene acumulando en nuestro país por muchas décadas de injusticia, impunidad y rezagos económicos.

Movimientos cooptados y voto nulo



1 . El voto nulo
El voto nulo es un voto contra todos los partidos políticos sin consecuencias pragmáticas. Está contemplando por la ley electoral mexicana y pierde toda su eficacia durante el cómputo de los votos. El voto nulo es propiamente un voto nominal. No vinculante si su convocatoria no fructifica y con el agravante de legitimar al sistema de partidos al que irónicamente aspira a deslegitimar. ¿Cómo funciona? Funciona de dos modos. Modo A. De la ley electoral hacia la sociedad mexicana y Modo B. De la ley electoral hacia los partidos. En el Modo A el voto nulo se convierte en una especie de instrumento por medio del cual el ciudadano comunica a los partidos y a sus representantes su inconformidad ante su proyecto político o, alternativamente, su insatisfacción con sus gestiones de gobierno, y tiene por finalidad emitir de manera inequívoca dicho mensaje: no me gustas por ene razones y no votaré por ti en consecuencia. En el Modo B el voto nulo no adquiere materialidad frente a los partidos sino hasta el momento del cómputo de los votos. Así, por ejemplo, en lugar de que el partido P1 reciba 100 votos, el partido P2 reciba 50 y el partido P3 reciba 50, tales partidos recibirían proporcionalmente menos votos en función del número de votos anulados y del porcentaje de votos obtenidos por cada partido durante la elección nacional una vez excluidos tales votos nulos del conteo y perdiendo así los votos nulos su eficacia. Así, si en la elección previa el partido P1 recibió el 50% de toda la votación nacional y los partidos P2 y P3 el 25% restante y si, además, se anularon 20 votos de los 200 hipotéticamente obtenidos, entonces, al partido P1 se le tendría que asignar el 50% de los 180 votos de la elección, a saber 90 de los votos; y el 25% a los partidos P2 y P3, es decir, 45 y 45 votos respectivamente. Luego, de esos votos efectivamente contabilizados se asignaría a los partidos tanto los recursos destinados por la ley electoral para su manutención, como sus circunscripciones, sin que el voto nulo en lo absoluto hubiese modificado tal presupuesto ni el número de los distritos, estados ni/o los escaños designados. Se arguye a pesar de todo que el voto nulo tiene valía por cuanto pudiera ser determinante para impugnar la elección de una casilla o circunscripción toda vez que el número de votos nulos superara la diferencia entre el partido con el mayor número de votos y el número de votos del partido que lo secunda. Es decir, su efectividad dependería de unas condiciones improbables (quizás porque apela a las reglas de operación impuestas por los propios partidos), y sin que haya sido definitorio hasta ahora de los resultados de ninguna elección, tal y como ocurrió en la fraudulenta elección de 2006. Por lo demás, hace peligrar a los partidos chicos a quienes se les exige “el dos por ciento de la votación en alguna de las elecciones federales ordinarias para diputados, senadores o Presidente de los Estados Unidos Mexicanos” para conservar su registro. O el tres por ciento según legislación más vigente.

Grosso modo esto es el voto nulo en México y esta es la manera en que virtualmente opera.

2. El movimiento político

Hay una supuesta izquierda de académicos reaccionarios y escritores pseudorradicales en mi país cooptando la indignación y la protesta. Subestimando lo popular e imponiéndonos sus experiencias prepolíticas como si fueran políticas. Dedicados a organizar selectivas cacerías de brujas contra opiniones adversas bajo argumentos ad personam y silenciando normalmente a sus víctimas. De este grupo de intelectuales de diversas raigambres de izquierda o de dudosa cepa libertaria —zapatistas, trotskistas, anarquistas y antipartidistas— se está gestando un movimiento antipeñanietista en alianza con la derecha más reaccionaria del país bajo un programa poco claro y de metas indefinidas. ¿Su proyecto estos días? Desalentar el voto, implotar los últimos remedos de democracia que nos queda e impulsar importantes movimientos protestatarios antisistémicos de mucho ruido massmediático y pocas nueces pragmáticas. Es un movimiento de clases medias —profesionistas, intelectuales, catedráticos, etcétera— movidos por una genuina empatía hacia los desclasados y el lumpenproletariat mexicano, con hondas preocupaciones humanitarias, molestos con la corrupción en las altas esferas, pero sin un proyecto político vinculante; es decir, con alta convocatoria pero con muy baja capacidad de respuesta para concretar sus luchas políticas. Una circunstancia aciaga si se piensa en lo mucho que este movimiento podría efectivamente hacer por el país si las cosas se presentasen bajo otro esquema. Atribuyo, por cierto, la anquilosis de este movimiento heterogéneo a su escasa visión política y a un casi nulo sentido histórico.

Ahora bien, hay por supuesto grandes aciertos en este movimiento y pueden contabilizarse notablemente en el orden de lo civil, pues a menudo organizan foros, videoconferencias, conferencias, debates, visibilizan tragedias, etcétera, con el propósito de diseminar el espíritu de resistencia entre la sociedad civil políticamente activa. Sin embargo erran —y erran casi todo el tiempo— cuando se trata de momentos estratégicos y de cohesionar a las izquierdas, dividiéndolas más bien. En el caso particular de los comicios 2015 para elección de diputados locales, federales y representantes municipales, este grupo ha organizado un movimiento anulista carente de todo sentido pragmático y poco verosímil si se piensa que algunos de sus miembros (Denisse Dresser y José Antonio Crespo entre los más destacados) son avezados analistas políticos. ¿Cómo puede ser (me pregunto en mi fuero interno) que este movimiento confíe en la idoneidad de su poder convocante para desmantelar y debilitar el corporativismo de los tres grandes partidos y no vea que en su convocatoria legitima al sistema que ha hecho posible dicho corporativismo? Corporativismo que entre otras cosas llevó a Enrique Peña Nieto al poder.

En contrapartida, ha surgido un movimiento político contraanulista liderado por un joven académico de la UNAM —no sé si más o menos reaccionario— pero con una reflexión política más concienzuda y realista sobre nuestra situación política vigente e invitando al ejercicio del voto efectivo. En el intercambio de posturas entre uno y otro movimiento se ha dejado ver la faz reaccionaria del primer movimiento al remitirnos a unas finalidades difusas, poco prácticas, sin pertinencia social e inclusive ingenuas, en las que no queda claro en ningún momento cómo vamos a lesionar al sistema político mexicano al anular el voto. Su principal argumento insiste en que el voto nulo sería algo así como un voto político y un voto de castigo a los grandes partidos, pues, de lograrse un número de votos nulos que superase la diferencia entre los dos partidos punteros, se cancelaría entonces la elección (distrital o estatal) adonde se hubiere registrado un proceso con tales características. Desde luego, éste no es su principal argumento, pues ellos mismos admiten la poca probabilidad de que una cosa tal sucediera y entonces aducen a continuación una serie adicional de razones por las que el voto nulo sería no obstante un voto útil para el propósito más general de dar una lección a la glotona partidocracia mexicana.

Cito algunas de tales razones:

– Anular para no avalar a los partidos y “manifestar oposición a un sistema de partidos quebrado”.

– Hacer presión ante los poderes fácticos a fin de establecer un espacio de diálogo entre la sociedad civil (representada por ellos) y la clase gobernante con el propósito de impulsar grandes reformas para el país. ¿Un ejemplo? La retrógrada Reforma a Telecomunicaciones impulsada durante el gobierno de Calderón, que favorece y legisla la libre competencia con la que este grupo mantiene comunión ideológica.

– Llevar a reflexión a los grandes partidos. Darles una lección.

– “Crear un contexto de exigencia para sacar a los partidos de su autocomplacencia”.

– Elevar el número de votos nulos para hacer efectivas las reglas de operación activas una vez que su número supera la diferencia entre los partidos puntero.

Es claro que este movimiento tiene metas no deliberadamente malintencionadas para el país, es claro que sostienen un programa conservador, cuando no reaccionario, y es claro que están escasos de pertinencia social además de faltos de un mecanismo eficaz por el cual se lesionaría sin lugar a duda a nuestro sistema político. Sobrevaloran la idoneidad de su poder convocante y minusvaloran la realidad que obliga a privarse de emitir un voto honorable a cambio de una miserable despensa. Viven en su elitismo, no se enteran de que las condiciones económicas son condiciones sobredeterminantes. No saben que detrás de un sicario, de un narco o de un corrupto hay miseria social, sobreestiman el poder de la sociedad civil —ese órgano de perfectos rostros inocuos— y sobreanalizan el potencial de las legislaciones subestimando los procesos históricos. Quieren construir historia de la nada, en favor de irreales valores democráticos normalmente favorables a la libre competencia y sin tomar en cuenta verdaderamente las consecuencias de sus reformas políticas entre la población. Pretenden hablar por muchos de nosotros pero sin representarnos, los conmueve un profundo impulso autócrata.

Quizás no hay democracia ni la ha habido nunca en el país, pero es suicida entregar la última vía popular de facto, no ya a la partidocracia en su conjunto, sino a la ultraderecha reaccionaria representada por el PAN, PRD y PRI. El voto nulo no legitima menos a la partitocracia mexicana de lo que lo hace el voto efectivamente emitido. No estoy a favor del estado ni de la democracia capitalista, pero tampoco estoy a favor de un movimiento antidemocrático sin estrategia. Tal vez conminaría, sin imponer, a un voto informado y a un voto estratégico o a la simple abstención. Pienso que si realmente desearan desconocer a las caducas y decadentes instituciones mexicanas entonces promoverían el abstencionismo e invitarían a una reflexión política permanente y no a estos gestos políticos volátiles pero funcionales a las coyunturas políticas creadas por el mismo sistema que los desilusiona. Nos invitan a reaccionar. No nos invitan a pensar. No nos invitan a la subversión en un país hambriento de ella.



Notas

[1] Cuando hablo de pseudorradicalismo y de reacción me refiero a pseudorradicalismo y reacción políticos sin el ánimo de agraviar pero sí con la intención de describir un estado de cosas nada aparente.

[2] Se consultaron la Ley general de Partidos Políticos para la primera sección de esta columna además de este documento: http://www2.ine.mx/docs/IFE-v2/DECEYEC/DECEYEC-MaterialesLectura/docs/03_VotoNulo.pdf

[3] En esta columna se explica cómo el voto nulo a pesar estar ideado para votar en contra de los partidos (o a favor de ninguno de ellos), paradójicamente los beneficiaría a todos, dadas las distinciones entre votación total emitida, votación válida emitida y votación nacional emitida. Link: http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2015/04/15/el-problema-del-voto-nulo/

[4] En la votación nacional emitida habría también que restar los votos de los candidatos no registrados.