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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Narco Estado Mexicano y la Fuga del Chapo Guzman



Arsinoé Orihuela Ochoa
Colectivo La digna voz

Un fantasma recorre el mundo del narco, una especie de sombra obscena que los capos condensaron en un proverbio: a saber, “Estados Unidos te hace; Estados Unidos te deshace”. Si se quiere comprender la narcotrama en México es básico partir de esta modesta verdad: los asuntos de la droga en el hemisferio, especialmente en México y Sudamérica, están bajo el control de Estados Unidos y sus agencias de seguridad e inteligencia. Joaquín “El Chapo Guzmán” es una criatura de Estados Unidos, tal y como lo fueron Pablo Escobar Gaviria, jefe del Cártel de Medellín, o –en otro terreno– Osama Bin Laden, otrora Enemigo Público No. 1 de Estados Unidos y líder de Al Qaeda. Existen, sí. Pero la pregunta es si son reales las propiedades o cualidades o malignidades que se les atribuye. Esos aspectos que acompañan a estos personajes (definitorios para manipular la opinión pública u orientarla hacia ciertos estados de ánimo rentables para la agenda del poder), a menudo son cortesía de artificios propagandísticos cuidadosamente diseñados por distinguidos publicistas estadounidenses al servicio del Pentágono o la Casa Blanca o la red de intereses políticos que concurren en el bandidaje a costa de otros pueblos. Llama la atención que después de la fuga de “El Chapo” Guzmán, las sospechas tuvieran como único destinatario al gobierno mexicano, y que ninguna línea de averiguación atendiera al “fantasma” estadounidense. Está ampliamente documentado que en la recaptura de “El Chapo” participaron agencias de inteligencia norteamericanas, señaladamente la DEA y el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos. Las cuestiones operativas de su aprehensión involucraron a personal militar de aquel país, desde el uso de drones para su localización hasta la detención física del capo. Tras el arresto, arreció mediáticamente el empeño de extradición, promovido por el gobierno Estados Unidos. “Había un proceso (en la Procuraduría), y no estaba oculto; hay oficios de por medio y se estaba siguiendo el proceso”, señaló el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. Pero es difícil determinar la seriedad de la moción. Hay quienes identifican en ese proceso la motivación de la huida. Pero esa lectura escamotea otras evidencias no menos relevantes. Más bien, la fuga pareciera una estrategia de presión a la administración de Enrique Peña Nieto para aumentar la injerencia de Estados Unidos en los asuntos de seguridad en México, y acaso un episodio más en las disputas intestinas entre la CIA (más cercana a los círculos privilegiados de Washington) y la DEA (más próximo al sistema de justicia estadounidense) por el control de la agenda en materia de política exterior. Una cosa es segura: “El Chapo” no se fugó; lo fugaron. Y la teatral evasión probablemente responda a la intención (acordada por facciones de ambos gobiernos) de abatir eventualmente a Guzmán Loera. Numerosos factores apuntan en esa dirección.
No se debe tomar a la ligera la declaración de Osorio Chong, en el sentido de que la segunda fuga de Joaquín Guzmán Loera ocurrió porque funcionarios del gobierno federal ‘‘traicionaron a las instituciones’’. Que “El Chapo” escapara mientras que casi la totalidad de los altos mandos federales se encontraban en excursión transatlántica no es un asunto fortuito. Es evidente que el costo político tendría un recipiente: Peña Nieto y su gobierno. Es a todas luces una operación ejecutada con meticulosidad quirúrgica.

Dentro de la administración peñista hay algunas figuras del calderonato que en las negociaciones del Pacto por México consiguieron prolongar su estadía en la función pública, especialmente en el ámbito de la seguridad. Uno de ellos es Ramón Eduardo Pequeño García, “quien fuera uno de los hombres importantes en el esquema operativo del ex secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, ya que allí ocupó áreas como la División Antidrogas” ( La Jornada 19-VII-2015). Cabe hacer notar que el retorno del PRI a la presidencia significó un ligero retroceso en los planes injerencistas de Estados Unidos en materia de seguridad e inteligencia, aún cuando en todos los demás renglones el PRI-gobierno se doblegara lacayunamente a la voluntad de Washington. Estados Unidos aspira a recuperar la primacía irrestricta que dispuso durante el panismo. Y es altamente probable que en ese afán de restauración intervencionista algunas facciones de Washington se aliaran con esos rescoldos de panismo trasnochado y resentido. Esa es la traición a la que alude el secretario de Gobernación. Lo que no dice el señor Chong es que el peñanietismo (sic) traicionó primero a Joaquín Guzmán Loera y su otrora intocable cártel de Sinaloa. Recuérdese la declaración de Phil Jordan, ex director del Centro de Inteligencia de El Paso, Texas, quien sostuvo en entrevista a Univisión que “el narcotraficante sinaloense metió mucho dinero a la campaña de Peña Nieto… [según] está documentado en inteligencia de Estados Unidos” (Pedro Miguel 24-II-2015). Traidor que traiciona a traidor… La fuga de “El Chapo” tiene más relación con traiciones e intrigas intestinas que con asuntos de bancarrota institucional o sistemas de justicia fallidos o remedos delincuenciales de Houdini con facultades escapatorias cuasi mágicas.

En entrevista con la revista Proceso, Jhon Jairo Velázquez Vásquez, alias “Popeye”, uno de los tres sobrevivientes del Cártel de Medellín, aseveró sin reservas: “El Chapo es hombre muerto”. La lectura del connotado sicario es distinta, pero llega más o menos a la misma conjetura: a saber, que los días del capo sinaloense están contados. Para el exjefe de sicarios de Pablo Escobar, la fuga de Guzmán Loera es una operación del propio capo en connivencia con funcionarios mexicanos de alto rango, que presuntamente querían evitar la extradición a Estados Unidos del jefe criminal. “Popeye” equipara las dos fugas, la de Escobar y la de Guzmán Loera, y advierte que los costos políticos son gravísimos: “Los Estados quedan como repúblicas bananeras. Pero en el caso del Chapo creo que es más fuerte todavía, por el túnel, por la corrupción, porque no lo extraditaron. Y por eso no creo que la agarren vivo. Ni al gobierno de México le conviene que lo agarren vivo, porque si lo extraditan y habla… sabe mucho. Y además él no quiere una cárcel en Estados Unidos. Si lo encuentran se va a hacer matar… [porque es improbable que] un capo tan guapo (bragado) como El Chapo quiera entregarse así” (Proceso 22-VIII-2015). Pero esta es una simplificación rústica de la red de relaciones envueltas en la narcotrama . Por un lado, omite que esa imagen de “república bananera” es altamente deseable para Estados Unidos, pues es un aliciente para su agenda injerencista. Y por otro, ignora flagrantemente que Estados Unidos es la mano que mece la cuna del narcotráfico, y que la única manera de legitimar su política de seguridad en terruños bananeros es presentando muertos a los “enemigos públicos”, y no únicamente tras las rejas en reclusorios apartados del escrutinio público. “El Chapo” pertenece a esa ralea de figuras públicas “pop”. Es más redituable mantenerlo en los titulares de la prensa que en cautiverio o anonimato. Esto no hubiera sido posible hace unos años, cuando el capo era figura clave en el trasiego de drogas a Estados Unidos. Ahora es reemplazable. La presencia mediática de Guzmán Loera es sintomático de la decadencia del Cártel de Sinaloa. Un informe de la DEA vaticina que la participación del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) crecerá en Estados Unidos en los próximos años. El documento plantea que la hegemonía de Sinaloa está seriamente amenazada por sus rivales de Jalisco. No es desproporcionado pensar que los narcobloqueos que tuvieron lugar el pasado mes de mayo en Jalisco respondan a una demostración de fuerza del CJNG, y a su afianzamiento como cártel dominante en esa región del país. El informe desclasificado de la DEA traza un diagnóstico ilustrativo: “Después de su separación del Cártel de Sinaloa en 2010” el Cártel de Jalisco Nueva Generación “se convirtió en la organización del tráfico de drogas con la más rápida capacidad de expansión en México” (Proceso 23-VIII-2015). ¿Es evaluación o prescripción?

Inmediatamente después de la fuga de “El Chapo” cobraron presencia algunos guiños pintorescos, de esos que a menudo preceden al abatimiento de algún delincuente elevado a condición de leyenda. La Procuraduría General de República ofreció una recompensa de hasta 60 millones de pesos por información “útil, veraz y oportuna que auxilie con eficacia a la detención de Joaquín El Chapo Guzmán”. El director del organismo de lucha contra la delincuencia en Chicago, reinstauró el título de Enemigo Público No. 1 a Guzmán Loera, título que en la década de 1930 detentara el famoso hampón Al Capone. También la administración de Barack Obama ofreció una recompensa de 5 millones de dólares a cambio de información que conduzca a la captura del capo sinaloense.

Pero todos estos gestos folklóricos no son más que simulaciones que zanjan el ánimo público para un eventual abatimiento del líder criminal, y allanan el terreno para una creciente intrusión de las agencias de seguridad e inteligencia estadounidenses en México.

Dos funcionarios, una estadounidense otro mexicano, revelan en lenguaje encriptado el fondo oscuro de la hollywoodense fuga de “El Chapo” Guzmán:

“El gobierno de Estados Unidos está listo para trabajar con nuestros socios mexicanos para proveer cualquier asistencia que pueda ayudar a respaldar su pronta recaptura” (Loretta Lynch, procuradora general estadounidense);

“Se refuerza la voluntad y el compromiso de ambos (gobiernos) de cooperar y colaborar. Es una colaboración permanente, exitosa y una colaboración que ha permitido la primera captura del Chapo y que ahora habrá de reforzarse (¡sic!) para permitir su recaptura” (José Antonio Meade, secretario de Relaciones Exteriores, ahora Secretario de Desarrollo Social en México).

La fuga de “El Chapo” anuncia básicamente dos escenarios: uno, la inminente muerte del capo; y dos, el triunfo de la Iniciativa Mérida o Plan México y la consolidación de la agenda de seguridad estadounidense en territorio nacional.

Fuente: http://lavoznet.blogspot.com/2015/09/joaquin-el-chapo-guzman-o-la-ley-de.html

sábado, 1 de agosto de 2015

La fuga de El Chapo, crisis de Estado



El hoyo negro por el cual se fugó de su celda carcelaria de modo hollywoodesco Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, se difundió a escala planetaria por todos los medios masivos. Era el símbolo mismo de la humillación que con su fuga inflingía nuevamente el más peligroso y famoso delincuente del continente americano al Estado mexicano, en esta ocasión de modo especialmente patético al humillar al presidente Peña Nieto quien hace un año y medio, con motivo del segundo encarcelamiento de El Chapo, había declarado muy ufano que “una segunda fuga sería algo verdaderamente más que lamentable, sería imperdonable”. Su reclusión se hizo en la cárcel del Altiplano, la de mayor seguridad de México, donde debería quedarse a cumplir su sentencia tal y como lo expresó en ese momento el entonces también patético procurador de la República Murillo Karam (el que se “cansó” investigando la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa), quien respondió así a las peticiones de extradición que le había hecho Washington al gobierno del Zócalo-Los Pinos: “a Estados Unidos (EUA) se irá cuando yo decida, El Chapo debe quedarse aquí para cumplir su sentencia y después lo extraditaré. O sea de aquí a 300 o 400 años, será por un buen tiempo”. Como todo el mundo sabe sólo duró un año y medio en prisión.
Esa noche del sábado 11 de julio, mientras despegaba Peña Nieto con su numerosa comitiva de cientos de personas en la cual iba más de la mitad de su gabinete de secretarios de Estado –incluido descuidada y ligeramente el de Gobernación, jefe de la seguridad nacional--, rumbo a París para participar como invitado de honor en las festividades del 14 de julio del gobierno francés, en el altiplano de Almoloya de Juárez, El Chapo levantaba la plancha de cemento del piso de su regadera y se introducía en el hoyo negro de la entrada del túnel que, kilómetro y medio de por medio, lo llevaría al otro hoyo negro de la salida del túnel que lo condujo a la libertad. Volando en medio del Atlántico se enteró el presidente Peña de la fuga y se enfrentó a un dilema infernal que sólo le ofrecía algo menos peor, o un verdadero desastre si regresaba a México dejando plantado al presidente Hollande que lo había invitado a participar junto a él en las festividades conmemorativas de la fiesta nacional de Francia, pero al aterrizar en París, como finalmente decidió, le ha costado la profundización catastrófica de su crisis gubernamental con el alud de críticas, burlas e insultos que le ha caído encima por parte de los millones de mexicanos, incluidos sectores burgueses generalmente favorables a su administración, que consideraron esta decisión como la encarnación misma de la nula sensibilidad política característica de un presidente que anda en las nubes.

Los adjetivos que se han acumulado para definir la situación actual del gobierno de Peña Nieto abarcan todo el diccionario con el común denominador repetido hasta la saciedad de corrupto y mil veces corrupto. Un ejemplo típico y original de este tipo de declaraciones que inundaron los medios y atiborraron las redes sociales es el siguiente comentario de Raúl Vera, obispo de Saltillo, Coahuila: “Creo que tenemos que hacerle un monumento al Chapo Guzmán porque de un plumazo y de manera transparente ha demostrado el tamaño de la corrupción de Estado mexicano.” (La Jornada, 13.07.15). El flujo principal de las explicaciones de la situación tan vulnerable y deteriorada de estructura gubernamental mexicana corre en esa dirección, atribuyendo prácticamente a genes corruptores la condición de los mexicanos. Peña Nieto varias veces ha explicado que se trata de “un rasgo cultural” que se viene arrastrando en la historia de México desde hace siglos. Hay ocasiones en que los comentarista expresan opiniones apocalípticas: “o nos salvamos combatiendo la corrupción o acabamos comiéndonos unos a otros” (Maurico Merino, El Universal, 14.07.15.) Muy pocos son los que se alzan por arriba de las cuestiones personales y buscan en las relaciones sociales las consecuencias de estos comportamientos, insertos en el tejido mismo de la sociedad capitalista y sus estructuras políticas represivas y antidemocráticas.

Muy fácil es, incluso sin encuestas, demostrar que la abrumadora mayoría de los mexicanos y mexicanas cree que El Chapo compró su fuga a las autoridades y no sólo a la de los tres o cuatro custodios del penal que ya han sido detenidos y seguramente se quedarán allí mismo prisioneros, sino a funcionarios de afuera del penal y colocados muy arriba de los niveles gubernamentales. Por ejemplo, se sabe que los ingenieros constructores del túnel contaron con los planos del penal para realizar su obra con la perfección que lo hicieron, lo cual les permitió hacer llegar el túnel exactamente al rincón donde se encontraba la regadera de la celda, planos que sólo los habrán conseguido de funcionarios de muy arriba. Es imposible construir durante meses un túnel en una prisión de alta seguridad, cárceles que están dotadas de sensores que reportan inmediatamente de excavaciones en sus terrenos. ¿Cuál fue el precio? Las cifras difieren pero todas son de dos dígitos y se denominan en dólares y no en pesos mexicanos.

También se recuerda que el gobierno de Peña, como se señaló arriba, se negó a extraditarlo a EUA, con argumentos prepotentes que hoy deberán hacer sonrojar a muchos funcionarios. El hombre que ha llegado a introducir a EUA dos toneladas de cocaína y diez mil toneladas de mariguana al mes a través de más de sesenta túneles construidos a lo largo de la frontera de tres mil kilómetros entre los dos países, es para la DEA, la CIA y el FBI uno de los “enemigos públicos” más importantes. Obviamente lo querían en sus cárceles y dudaban de la capacidad de las cárceles de México, incluso de las de “alta seguridad”, para asegurarlo adecuadamente. Y tenían razón.

El Chapo sabe mucho de lo que se cocina en la alta política de la burguesía mexicana y de su Estado, seguramente una de las razones que pesó el año pasado para negar a Washington la extradición fue precisamente el temor de muchos políticos priistas y panistas por igual de que hablara todo lo que sabe al otro lado. Hoy la cabeza de El Chapo tiene un precio muy alto (el gobierno de Obama ha ofrecido 20 millones de dólares) que hace casi imposible que no haya muchos que más que desearían obtenerlo. A partir de su fuga está amenazado de ser denunciado ante el menor descuido. Una auténtica cacería humana va tras él, lo cual puede culminar en su reaprehensión o también en su ejecución, dado el tamaño de la afrenta que ha hecho al Estado y el interés de éste por eliminarlo de una vez por todas.

Analistas más profundos y perspicaces son más realistas y ensayan explicaciones que brotan precisamente del tinglado material en el que se asienta hoy la sociedad mexicana cuya economía es una de las más abiertas, sino es que la más abierta, del mundo: México es el país que ha firmado más tratados de libre comercio. Esta situación ha significado, a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio con EUA y Canadá en 1994, la destrucción de la agricultura mexicana, la subordinación completa del mercado interno a los mecanismo del comercio exterior, la puesta de la banca en manos de extranjeros en su abrumadora mayoría (estadounidenses, españoles, ingleses), la transformación de la industria nacional en una industria maquiladora cuyo ejemplo más notable es la “industria” más importante del país, la automotriz, una industria de maquila volcada por completo al mercado externo. Las “reformas de estructura” de tercera generación han llevado en el gobierno de Peña Nieto este curso a su culminación más aberrante: ya se han abierto las industrias energéticas nacionalizadas claves a las transnacionales, sin gran éxito por otra parte como se ha constatado en estos días durante la primera ronda de licitaciones petroleras.

Ante la mermada situación de una economía golpeada directamente con el descenso de los precios del petróleo y el estancamiento del crecimiento económico de más de dos décadas, no sería una especulación desmesurada tratar de que hubiera una reactivación a través del tráfico de drogas que se calcula tiene un voraz mercado en el país vecino que puede reportar anualmente 20 mil millones de dólares. ¿No podría El Chapo, uno de los cien hombres más ricos del planeta según la revista Forbes, ser un factor de tal reactivación? Para ello, a pesar de sus dotes de organizador desenrollados desde la prisión, en libertad su capacidad de gran capitalista de la industria de la droga se podría desplegar con más fuerza. Estas ideas que son más que especulaciones las hacen analistas serios y conocedores. (Véase la columna “Dinero” de Enrique Galván Ochoa, en La Jornada, 14.07.2015).

Lo que no toman en cuenta de modo interesado la abrumadora mayoría de los comentaristas en los medios de comunicación dominantes es la raíz profunda que determina la situación de devastación social imperante en México, la causa fundamental de la existencia de El Chapo y de cientos, miles de personajes menos famosos que él pero insertos en los mismos quehaceres de la delincuencia organizada. La situación de miseria en que se encuentra la mayoría de la población, del desempleo masivo que hace que millones de jóvenes ni estudien, ni trabajen (los tristemente famosos “ninis”) y el consecuente ascenso de la delincuencia masiva que se ha apoderado de amplios sectores de la sociedad. Una desigualdad que engendra la concentración exacerbada de los ingresos y el surgimiento de un poder capitalista que sobredetermina por completo a un Estado que se ha deslizado en forma acelerada en el curso neoliberal de las desregulaciones, las privatizaciones, los ataques a conquistas sociales y que recurre cada vez más a los métodos represivos policíacos y militares.

En una escalofriante investigación económica, Gerardo Esquivel ha mostrado con cifras devastadoras el grado impresionante al que ha llegado actualmente la desigualdad y el desequilibrio socioeconómico en México. El 1 por ciento de la población controla el 21 por ciento de los ingresos nacionales y el 10 por ciento controla el 69 por ciento de la riqueza. En las dos últimas décadas el ingreso per cápita promedio de la población creció 1 por ciento pero el de la fortuna de los seis hombres más ricos del país se multiplicó cinco veces. En 1996 la riqueza de estos 6 hombres era de 26 mil millones de dólares, hoy es de 142 mmdd. En el año 2002 la fortuna de los 4 hombres más ricos de México: Carlos Slim (América Móvil, TelMex, etc.), Germán Larrea (Grupo México –minas, Cananea, etc.--), Alberto Bailleres (Grupo Peñoles –minas, metalurgia--) y Ricardo Salinas Pliego (TV Azteca, Elektra, Banco Azteca) equivalía al 2 por ciento del PIB, hoy equivale al 9 por ciento. (El Informe de Esquivel en www.nexos.com.mx/?p=25322).

La fuga de El Chapo se produjo sólo cinco semanas después de las elecciones del 7 de junio pasado. Para los escritores, periodistas y voceros de todo tipo al servicio del régimen ese día significó “una gran victoria de la democracia nacional”, “por fin salían buenas noticias de México para que el mundo apreciara otra cara del país”, “la noche quedaba atrás”. Tlatlaya, Ayotzinapa, la “Casa Blanca” parecían superadas. Los fraudes, las trapacerías, el escandaloso despilfarro de cientos de millones de pesos de los partidos gobernantes parecían poca cosa ante unas elecciones concurridas por millones y en que había descendido en algunas décimas el tradicional enorme abstencionismo electoral. Hoy nadie se acuerda de ellas y muchos deben reconocer que la democracia no puede prosperar en medio de la corrupción rampante y la desigualdad abismal reinante.

La crisis de la fuga de El Chapo parece ser un jalón más hacia el precipicio de un gobierno ya exhausto a la mitad de su sexenio. ¿Qué sigue? Obviamente cambios en el gabinete, maquillaje de emergencia a un presidente que es una estrella oscura, apagada cuya torpeza se ha convertido en un serio problema para la rosca de los poderosos que lo rodean y determinan sus políticas y que no pueden sino preocuparse de tantos problemas en el tapete, como el de la incapacidad gubernamental para domesticar a los maestros que se resisten a ser víctimas pasivas de una “reforma educativa” cuyo objetivo, confesado por los significativos empresarios de Mexicanos Primero, es despedir a cientos de miles de ellos.

La demostración de impericia y superficialidad de los máximos representantes gubernamentales como el secretario de Gobernación, la Procuradora de la República, el jefe del equipo de seguridad nacional se hicieron patentes en estos días. “Los más importantes funcionarios mexicanos de procuración de justicia y seguridad nacional miran un hoyo y nos invitan a verlo. Habrá tours. Aquí, en este hoyo, yace la reputación de un gobierno, se podría leer a la entrada”. (Carlos Puig, Milenio, 13.07.2015).

Los hoyos negros del túnel de El Chapo ya son en menos de una semana símbolos que permanecerán como expresiones de la corrupción y el escándalo que afectan a las instituciones estatales: gubernamentales, jurídicas, policiacas y, last but not least, militares. Escándalos recurrentes cada vez más frecuentes. Hace un año en Tlatlaya y en dos meses, el 26 de septiembre, se conmemorará el primer aniversario del otro escándalo mayor ocurrido durante la masacre de seis personas, entre ellos tres estudiantes y la desaparición de otros 43 estudiantes de Ayotzinapa en la noche de Iguala. Es lo que Karl Marx definió como “el escándalo del Estado”. El escándalo estatal que es sustancial a la política burguesa y que el Capital hipócritamente considera ajeno, típico de “los políticos” pero sin el cual no hay capitalismo posible. Las palabras de Marx siguen tan actuales hoy como hace cerca de 150 años cuando fueron escritas en sus escritos sobre la guerra civil en Francia:

El Estado, que en apariencia se hallaba por encima de la sociedad, era en realidad el más escandaloso de sus escándalos y, al mismo, tiempo la matriz de toda su putrefacción.